23 diciembre 2013

Reprender el Orgullo — Dr. Joel Beeke

Los puritanos nos enseñan cómo tratar el orgullo en el ministerio. Dios aborrece el orgullo (Proverbios 6:16–17). Dios aborrece al orgulloso con Su corazón, los maldice con Su boca y los castiga con Su mano (Salmos 119:21; Isaías 2:12, 23:9). El orgullo fue el primer enemigo de Dios. Fue el primer pecado en el paraíso y el último que emitiremos al morir.

“El orgullo es la camisa del alma, se pone al principio y se quita al final”, escribe George Swinnock.41

El orgullo es único como pecado. La mayoría de los pecados nos alejan de Dios, pero el orgullo es un ataque directo a Dios; eleva nuestros corazones por encima de Dios y contra Dios, dijo Henry Smith. El orgullo busca destronar a Dios y coronarse a si mismo.

Los puritanos no se consideraban inmunes al pecado. Veinte años después de su conversión, Jonathan Edwards gemía sobre las “profundidades infinitas e insondables del orgullo” que quedaban en su corazón.

El orgullo echa a perder nuestro trabajo. Como dice Richard Baxter, “Cuando el orgullo ha escrito el sermón, viene con nosotros al púlpito. El orgullo da forma a nuestro tono, anima nuestra declaración, nos aparta de lo que puede desagradar a la gente. Nos dispone en búsqueda del aplauso vano de nuestros receptores. Hace que el hombre se busque a sí mismo y su propia gloria.”42

El orgullo es complejo. Jonathan Edwards dice que adopta muchos tipos y formas y que envuelve al corazón como las capas de una cebolla – cuando le quitas una capa, hay otra capa debajo.

Nosotros los ministros, porque estamos siempre en el ojo público, somos particularmente propensos a caer en el pecado del orgullo. Como Richard Greenham escribe, “Cuanto más piadoso es un hombre, y cuantas más gracias y bendiciones de Dios le son dadas, tendrá más necesidad de orar porque Satanás estará afanado contra él, y porque está más dispuesto a ser envanecido con una santidad presuntuosa.”43

El orgullo se alimenta de cualquier cosa: una justa medida de alguna habilidad o sabiduría, un halago, una temporada de prosperidad excepcional, la llamada para servir a Dios desde un puesto prestigioso – incluso el honor de sufrir por la verdad. “Es duro matar de hambre a este pecado, cuando puede vivir de casi cualquier cosa”, escribe Richard Mayo.44
Los puritanos dijeron, si pensamos que somos inmunes al pecado del orgullo, deberíamos preguntarnos lo siguiente: ¿Cuánto dependemos de los elogios de los demás? ¿Nos preocupamos más por la reputación de ser piadosos o por la piedad misma? ¿Qué dicen de nuestro ministerio los regalos y recompensas de otros hacia nosotros? ¿Cómo reaccionamos a la censura de las personas de nuestra congregación?

Un ministro piadoso lucha contra el orgullo, mientras que el del mundo se alimenta de él. Cotton Mather confiesa que cuando el orgullo le llenaba de amargura y confusión ante el Señor, “hacia un esfuerzo por ver mi orgullo como la propia imagen del diablo, contrariamente a la imagen y a la gracia de Cristo; como una ofensa contra Dios, y la aflicción de Su Espíritu; como la insensatez y locura más irrazonables para uno que no posee nada excepcionalmente excelente y con una naturaleza tan corrupta.”45 Thomas Shepard también luchó contra el orgullo. En la entrada de su diario del 10 de Noviembre de 1642 Shepard escribió, “Estoy haciendo un ayuno personal para que la luz vea la gloria plena del evangelio …y para conquistar el orgullo remanente en mi corazón.”46

¿Te identificas con estos pastores puritanos en tu lucha contra el orgullo? ¿Amas suficientemente a tus hermanos en el ministerio como para amonestarles por este pecado? Cuando John Eliot, el misionero puritano, se daba cuenta de que a un compañero se le subía demasiado a la cabeza, le decía, “Medita en la mortificación, hermano; medita en la mortificación.”47

¿Cómo luchamos contra el pecado? ¿Comprendemos cuán arraigado esta en nosotros – y cuán peligroso es para nuestro ministerio? ¿Protestamos como el puritano Richard Mayo: “¿Debe ese hombre sentirse orgulloso cuando ha pecado como ha pecado, y vivido como ha vivido, y perdido el tiempo, y abusado de la misericordia, y escapado de tantos deberes, y descuidado tantos medios – que ha afligido tanto al Espíritu de Dios, quebrantado la ley de Dios, y deshonrado el nombre de Dios? ¿Debe ese hombre estar orgulloso, teniendo un corazón como el que tiene?”48

Timoteo, si ahogaras al orgullo mundano y vives en humildad piadosa, mira a tu Salvador, cuya vida, como dice Calvino, “fue nada más que una serie de sufrimientos.” En ningún sitio se cultiva tanto la humildad como lo fue en Getsemaní y en el Calvario. Cuando el orgullo te amenaza, medita en el contraste entre un ministro orgulloso y nuestro humilde Salvador. Canta con Isaac Watts:

Cuando contemplo la cruz maravillosa,
En la cual murió el Príncipe de Gloria;
Mi mayor ganancia la cuento como pérdida,
Y vierto desprecio en todo mi orgullo.

Aquí tenemos otras formas de subyugar el orgullo que aprendemos de los puritanos y sus sucesores:

  • Considera cada día como una oportunidad para despreocuparte de ti mismo y para servir a los demás. Como escribe Abraham Booth, “No te olvides de que la totalidad de tu trabajo es ministerial; no legislativa – que no eres un señor en la iglesia, sino un siervo.”49 El acto de servir es de manera innata humillante.
  • Busca un conocimiento de Dios, Sus atributos y Su gloria más profundo. Job e Isaías nos enseñan que nada es tan humillante como conocer a Dios (Job 42, Isaías 6).
  • Lee las biografías de grandes santos como Diarios de Whitefield, La Vida de David Brainerd y La Juventud de Spurgeon. Como el Dr. Lloyd-Jones dice, “Si esto no te pone los pies en la tierra, entonces yo declaro que eres profesionista y sin esperanza.”50
  • Recuerda diariamente que “antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.” (Proverbios 16:18).
  • Ora por la humildad. Recuerda cómo Agustín contestó a la pregunta, “¿Qué tres gracias necesita un ministro sobre otras?” diciendo, “Humildad. Humildad. Humildad.”
  • Medita mucho en la solemnidad de la muerte, la certitud del Dia del Juicio y en lo vasta que es la eternidad.

41 Thomas, Citas Puritanas, 224.
42 Baxter, El Pastor Reformado (Nueva York: Robert Carter & Brothers, 1860), 212–26.
43 Las Obras de Greenham, 62.
44 Cf. William Greenhill, Sermones Puritanos: 1659–1689: Los Estudios Matinales en Cripplegate, (Wheaton, IL: Richard Owen Roberts, 1981), 3:378–93.
45 Charles Bridges, El Ministerio Cristiano (1830 reimpresión, Londres: Banner of Truth Trust, 1959), 152.
46 El Complot de Dios: La Espiritualidad Puritana en el Cambridge de Thomas Shepard, ed. Michael McGiffert (Amherst: University of Massachusetts Press, 1994), 116–17.
47 Citado en El Ministerio Cristiano de Bridges, 128.
48 Sermones Puritanos 1659–1689, 3:390.
49 Abraham Booth, “Advertencias Pastorales”, en El Manual del Pastor Cristiano, ed. John Brown (reimpresión Pittsburgh, PA: Soli Deo Gloria, 1990), 66.
50 Martyn Lloyd-Jones, La Predicación y los Predicadores (Editorial Peregrino, 2006), 256.

Beeke, J. (2011). Aprende de los Puritanos I. En T. K. Ascol (Ed.), Querido Timoteo: Cartas sobre el ministerio pastoral (pp. 156–159). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

Publicación realizada con previa autorización de Publicaciones Faro de Gracia

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