22 enero 2018

Quiero ser como tú, pero sin problemas

Decimos que queremos ser como Jesús. Tal vez hasta oramos por eso. Pero cuando nos suceden dificultades, conflictos con personas y empiezan las lecciones prácticas le pedimos al Señor que nos libre de los problemas. Vamos al trabajo, alguien nos causa inconvenientes y nos ponemos mal.

Enseguida queremos huir de la dificultad, como si la vida fuese más linda si no estuviera ese problema. Es como si oráramos: “Señor, quiero ser como tú, pero sin problemas”. Esto es lo mismo que decir: “Ay, Bendito Maestro, qué lindas que son tus lecciones leídas y orales, pero por favor no empieces con las prácticas”.

Hebreos 12:5 dice: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor”. La palabra menosprecies proviene en el griego original de oligórei y significa “tener en poca estima algo” (como apunta el trabajo de Strong). Comienzas a hacer limpieza en tu casa y te das cuenta de que necesitas tirar todo lo que no sea de verdad necesario. Lo que consideras importante y requerido lo vuelves a acomodar, y el resto, a lo que no le ves ningún tipo de valor, lo tiras a la basura. Eso es lo que hacemos con la disciplina del Señor. Él nos ha discipulado en oración y con Su Palabra, por lo que luego nos envía esta persona o tal situación, para que podamos aprender y ejercitarnos en las lecciones que nos ha enseñado en casa. Pero nosotros nos enojamos y nos quejamos. Intentamos evitar a esa persona y pensamos la forma de sacárnosla de encima. O si nos sucede algo, pensamos y pensamos cómo podemos resolverlo lo más pronto posible. Sea como sea. De cualquier manera. Pero queremos ese problema fuera. A veces incluso pensamos que esa persona o problema es enviada por el mismo Satanás para entorpecer nuestra relación con el Señor o nuestro servicio a Él. ¿Por qué? Simplemente porque menospreciamos la disciplina del Señor.

Es muy interesante ver que la palabra disciplina, según el Diccionario Strong,  es “educación, entrenamiento, corrección”. Estas situaciones se tratan de, ni más ni menos, el discipulado del Señor. Él nos está educando, entrenando, corrigiendo. Lo mismo sucede muchas veces en nuestro matrimonio. Tal vez antes de casarte te habías hecho una idea exacta de cómo sería tu vida matrimonial y de que tu esposo o esposa sería de determinada manera, que juntos harían esto o aquello. Habías visto algunas películas y estas formaron una idea de lo que sucedería en tu vida conyugal. Pero luego, en la práctica, te diste cuenta de que casi nada de lo que te habías imaginado sucedía. La persona que parecía ser el cristiano más similar a Cristo, ahora, en la convivencia, comenzaba a confirmar que el Señor ha escogido lo necio y lo vil de este mundo y lo va transformando de a poco. Y en este caso, parece que muy de a poco. He conocido muchas personas que luego de la decepción de los primeros años, piensan que se han equivocado de pareja. Algunos, tristemente, terminan muy mal. Y otros simplemente continúan porque no creen en el divorcio y por lo que pueden causar en sus hijos. En realidad, ya se han separado de corazón hace mucho. Ellos dicen: “Es que somos muy diferentes. No somos compatibles”. Esto, sin duda, también es menospreciar la disciplina del Señor. A lo largo de todos mis años de cristiano, he pasado por diferentes clases de disciplina del Señor. El discipulado ha sido y sigue siendo duro, sin duda. Pero lo digo muy seguro: nada se asemeja a la disciplina a la que uno es expuesto cuando está casado.

No conozco ninguna relación que sea más eficaz que el matrimonio para formarnos a la imagen de Cristo. No necesariamente porque la otra persona tenga más errores que nosotros, sino porque creemos que el matrimonio es una película romántica donde la otra persona será un ángel llegado del cielo, que vivirá para nosotros, mientras que nosotros somos los seres más egoístas que puedan existir sobre la Tierra. Sin duda eso no es el matrimonio. No hay nada que nos enseñe mejor a amar incondicionalmente, a servir a los demás, a perdonar, a ser pacientes, a ser mansos y demás, que si buscas tener un genuino matrimonio cristiano.

Pero si al encontrarte con la disciplina del Señor, simplemente la ves innecesaria y venida del infierno, en lo único que pensarás en todo momento es en cómo hacer para sacártela de encima y tirarla a la basura, como cuando limpias tu casa y te encuentras con cosas que solo están quitándote espacio. El Señor nos dice: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” (Hebreos 12:5-7). O como expresara muy bien el salmista: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra (...) Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Salmo 119:67,71). Si queremos que el Señor nos ayude a obedecerle y agradarle, la disciplina forma una parte esencial.

“Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos”. Hasta que no somos quebrantados, humillados, corregidos; hablamos lo que no entendemos. Job es un perfecto ejemplo de esto. Él, luego de ser disciplinado duramente, dijo: “yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía (...) De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:3,5). Otro excelente ejemplo es David. Él estaba sufriendo amargamente porque su propio hijo, Absalón,  lo había traicionado y quería quedarse con su reino, sublevando a casi todo el pueblo contra él y forzando a David para que escapara con los que permanecían fieles. En su huida se encontraron con un hombre de la familia de la casa de Saúl, el cual se llamaba Simei. Este estaba sobre un monte y David con los suyos iban por debajo. Simei comenzó a maldecir a gritos a David, diciendo: “¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl (...)” (2 Samuel 16:7,8). Y no solo esto, sino que iba tirándole piedras y esparciendo polvo sobre ellos (2 Samuel 16:13). Imagínate a David. Cansado, triste, lleno de dolor por la traición de su propio hijo, y ahora este lo humillaba gritándole y tirándole piedras.

Uno de los que permanecían fieles a David, Abisai, le dice: “¿Por qué maldice este perro muerto a mi señor el rey? Te ruego que me dejes pasar, y le quitaré la cabeza” (2 Samuel 16:9).
Para David hubiera sido muy fácil descargar toda su bronca sobre este hombre que ahora se atrevía a maldecirlo y tirarle piedras. Pero en vez de eso, respondió: “(...) Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho. Quizás mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy” (2 Samuel 16:11,12). Si Dios quería quebrantarlo y disciplinarlo hasta el punto máximo, ¿quién era él para detener ese tratamiento de Dios? David no miraba a este hombre que maldecía. David miraba la disciplina del Señor. Y en vez de menospreciarla, se sometía dócilmente a ella. ¿Y tú? ¿Quieres ser como Cristo? ¿Quieres más de Él en ti? “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor”. ¿Eres seguidor de Aquel que Isaías definió como “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto (...)” (Isaías 53:3)? ¿Sí? Entonces, ¿cómo esperas no ser disciplinado?

unsplash-logoMyles Tan

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