6 julio 2013

Gozo en la Tribulación — Martyn Lloyd-Jones

Como indicamos en el capítulo anterior, los versículos 11 y 12 son una prolongación de la afirmación del versículo 10. Extienden y aplican esa Bienaventuranza a la situación específica de los discípulos a los que nuestro Señor hablaba en esa ocasión, y por medio de ellos, desde luego, a todos los cristianos de épocas posteriores. Pero en un cierto sentido podemos decir que esta ampliación de la Bienaventuranza agrega algo a su significado y con ello añade ciertas verdades acerca del cristiano.

Como hemos visto, todas estas Bienaventuranzas tomadas en conjunto tienen como propósito presentar un retrato del cristiano. Presentan un retrato compuesto de varias partes, de modo que cada una de ellas muestra un aspecto del cristiano. Es difícil describir al cristiano, y es evidente que la mejor manera de hacerlo es describir las distintas cualidades que manifiesta.
En esta ampliación de la última Bienaventuranza nuestro Señor sigue arrojando mucha luz sobre el carácter del cristiano. Como hemos dicho repetidas veces, hay dos formas distintas de considerarlo. Se lo puede considerar tal como es, en sí mismo, y también por la forma como reacciona a lo que le sucede. Siempre se pueden hacer ciertas afirmaciones en cuanto al cristiano. Pero comprende uno mucho más cómo es cuando uno lo observa en su relación y conducta con los demás. Los dos versículos que vamos a estudiar ahora pertenecen a esta segunda clase, porque vemos al cristiano en sus reacciones ante la persecución. Hay tres principios en cuanto al cristiano que se infieren con claridad de cuanto el Señor nos dice aquí. Son bastante obvios; pero con todo creo que todos nosotros debemos confesarnos culpables de olvidarlos.
El primero vuelve a ser que es distinto del no cristiano. Ya hemos repetido muchas veces esto por qué es sin duda el principio que nuestro Señor quiso subrayar por encima de todo. El Señor mismo dijo, como recordarán, 'No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada' (Mt. 10:34). En otras palabras, 'El efecto de mi ministerio será división, incluso entre padre e hijo, y madre e hija; y los enemigos del hombre serán más bien los de su casa.' El evangelio de Jesucristo crea una división bien marcada entre el cristiano y el que no lo es. El no cristiano mismo lo demuestra persiguiendo al cristiano. La forma en que lo persigue no importa; el hecho es, que sea en la forma que fuere, lo va a hacer. El no cristiano tiene antagonismo al cristiano. Por esto, como vimos en el capítulo anterior, la última Bienaventuranza es una piedra de toque tan sutil y profundo del cristiano. Hay algo, como vimos, en el carácter del cristiano, por ser semejante a nuestro Señor, que atrae siempre persecución. Nadie ha sido nunca perseguido en este mundo como lo fue el Hijo de Dios mismo, y 'no es el siervo más que su señor.' Por ello tiene el mismo destino. Esto vemos, pues, aquí como principio clarísimo y sobresaliente. El no cristiano tiende a burlarse, perseguir y a decir toda clase de falsedades en contra del cristiano. ¿Por qué? Porque es básicamente diferente, y el no cristiano lo ve. El cristiano no es como los demás sólo que con alguna diferencia mínima. Es esencialmente diferente; tiene una naturaleza diferente y es un hombre diferente.
El segundo principio es que la vida del cristiano la domina y dirige Jesucristo, la lealtad a Jesucristo, la preocupación por hacerlo todo por Cristo. 'Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.' ¿Por qué se les persigue? Porque viven por Cristo. De esto deduzco que el objetivo todo del cristiano debería ser vivir por Cristo y ya no por sí mismo. La gente anda en desacuerdo y se persiguen unos a otros, incluso cuando no son cristianos, pero no es por Cristo. Lo peculiar en el caso de la persecución del cristiano es que es 'por causa de Cristo.' La vida del cristiano debería dominarla y dirigirla siempre el Señor Jesucristo y el pensamiento de qué será agradable a sus ojos. Esto se encuentra en todo el Nuevo Testamento. El cristiano, por ser hombre nuevo, por haber recibido una vida nueva de Cristo, por haberse dado cuenta de que se lo debe todo a Cristo y a su obra, se dice a sí mismo, 'No me pertenezco; he sido comprado a gran costo.' Por ello quiere vivir toda la vida para gloria de Aquel que murió por él, que lo compró y resucitó. Por esto desea entregárselo todo, 'cuerpo, alma y espíritu,' a Cristo. Creo que estarán de acuerdo en que esto es algo que no sólo lo enseñó nuestro Señor; las Cartas del Nuevo Testamento lo subrayan a cada paso. 'Por causa de Cristo' es el motivo, el gran motivo rector en la vida del cristiano. Esto nos distingue de los demás y nos ofrece una prueba adecuada para nuestra profesión de la fe cristiana. Si somos cristianos de verdad, nuestro deseo debe ser, por mucho que fallemos en la práctica, vivir para Cristo, glorificar su nombre, vivir para glorificarlo.
La tercera característica general del cristiano es que su vida deberían dirigirla pensamientos del cielo y de la vida venidera. 'Gozaos y alegraos, por qué vuestro galardón es grande en los cielos; por qué así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.' Otra vez estamos frente a algo que forma parte de la trama y urdimbre de la enseñanza del Nuevo Testamento. Es algo vital y que de hecho se encuentra en otros pasajes. Pasemos revista a ese maravilloso resumen del Antiguo Testamento en Hebreos 11. Contemplemos esos hombres, dice el autor, esos héroes de la fe. ¿Cuál fue su secreto? Fue sólo que dijeron, 'no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.' Fueron todos hombres que buscaban 'la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.' Este es el secreto. Debe por tanto ser parte esencial del distintivo del cristiano, como se nos recuerda aquí. Volvemos a ver esta diferencia obvia entre el cristiano y el que no lo es. El no cristiano hace todo lo posible por no pensar en el mundo venidero. Esta es la raíz del afán de placeres de nuestros días. Es una gran conspiración y esfuerzo por dejar de pensar, y sobre todo por no pensar en la muerte y en el mundo venidero. Esto es típico del no cristiano; no hay nada que odie tanto como hablar de la muerte y de la eternidad. Pero el cristiano, por otra parte, es alguien que piensa mucho acerca de estas cosas, y les dedica tiempo; son los grandes principios rectores en toda su vida y perspectiva.
Veamos ahora cómo se ilustran estos principios en función de la forma en que el cristiano se enfrenta con la persecución. Así lo presenta nuestro Señor. Hace tres afirmaciones concretas. Al considerarlas en conjunto, recordemos una vez más que estos versículos se aplican sólo a los que de verdad son perseguidos por causa de Cristo y no por alguna otra razón. Nuestro Señor lo consideraba tan importante que lo repitió. Las bendiciones de la vida cristiana se prometen sólo a los que obedecen las condiciones, y a cada promesa va siempre vinculada una condición. La condición en este caso es que la persecución no debe ser nunca por algo que somos como hombres naturales; es por lo que somos como hombres nuevos en Cristo Jesús.
Veamos ante todo la forma en que el cristiano debería hacer frente a la persecución. No vamos a perder tiempo en volver a ver las formas que puede asumir la persecución. Todos las conocemos. Puede ser violenta; puede significar ser arrestado, encarcelado o puesto en un campo de concentración. Esto sucede a miles de nuestros hermanos cristianos en el mundo de hoy. Puede tomar la forma de personas a quienes se da muerte de un tiro o de alguna otra manera. Puede tomar la forma de alguien que pierde el puesto que ocupa. Se puede manifestar en bromas, burlas o risitas cuando entra en la habitación. Puede tomar la forma de una campaña de chismes. No tienen fin las formas en que el perseguido puede sufrir. Pero no es esto lo que importa. Lo que sí importa es la forma en que el cristiano se enfrenta a todo esto. Nuestro Señor nos dice en este pasaje cómo hemos de hacerlo.
Digámoslo primero en forma negativa. El cristiano no debe desquitarse. Es muy difícil no hacerlo, más difícil para unos que para otros. Pero nuestro Señor no lo hizo, y nosotros sus seguidores hemos de ser como El. Por esto debemos soportar la ira sin contestar. Desquitarse es ser como el hombre natural quien siempre contesta; por naturaleza tiene el instinto de auto preservación y el deseo de vengarse. Pero el cristiano es diferente, diferente en naturaleza; por esto no debe hacerlo.
Además, no sólo no debe desquitarse; tampoco debe sentir enojo. Esto es mucho más difícil. Lo primero que hay que hacer es controlar los actos, la respuesta en sí. Pero nuestro Señor no se contenta con esto, porque ser verdadero cristiano no es vivir en un estado de represión. Hay que ir más allá. Hay que llegar al estado en que ni siquiera le molesta a uno la persecución. Creo que todos ustedes conocen por experiencia la diferencia entre estas dos cosas. Quizás ya hace tiempo que hemos comprendido que perder el control a causa de algo, o manifestar enojo es deshonrar a nuestro Señor. Pero quizá todavía lo sentimos, y con intensidad, y nos sentimos heridos por ello y agraviados. Ahora bien, la enseñanza cristiana es que debemos ir más allá. Vemos en Filipenses 1 cómo el apóstol Pablo lo había hecho. Fue un hombre muy sensible —sus Cartas así lo indican— y podía sentirse muy herido. Sus sentimientos habían sido heridos; nos dice que los corintios y los gálatas y otros lo hirieron; y con todo ha llegado a un estado en que ya no se siente afectado por estas cosas. Dice que ya ni se juzga; deja el juicio a Dios.
Por tanto, no debemos ni sentirnos ofendidos por lo que nos hacen. Pero debemos añadir algo, porque estas cosas son muy sutiles. Si sabemos algo de la psicología de nuestra alma y de la vida cristiana —empleando el término 'psicología' en su sentido verdadero y no en su sentido moderno, pervertido— debemos darnos cuenta de que hay que dar un paso más. El tercer aspecto negativo es que nunca debemos dejar que la persecución nos deprima. Después de haber conseguido las dos primeras cosas, quizá uno siente todavía que lo ocurrido lo deja a uno deprimido, triste. No la cosa en sí, quizá; pero en cierto modo se apodera del alma y el espíritu un sentido de depresión u opresión. No es que uno sienta enojo por una persona en concreto; pero uno se dice, '¿Por qué debía ser así? ¿Por qué se me trata así?' En consecuencia un sentimiento de depresión parece apoderarse de la vida espiritual, y se tiende a perder el rumbo de la vida cristiana. Esto es algo que nuestro Señor también censura. Lo dice en forma positiva y explícita, 'Gozaos y alegraos.' Hemos visto a menudo en el estudio de las Bienaventuranzas, que muestran con más claridad que ningún otro pasaje del Nuevo Testamento la falacia y futilidad absolutas del pensar que alguien pueda hacerse cristiano con sus propios esfuerzos. Esto significa ser cristiano. Cuando uno es perseguido y anda diciendo toda clase de falsedades y maldades acerca de uno, uno se alegra y goza. Para el hombre natural esto resulta completamente imposible. Ni siquiera puede dominar el espíritu de venganza. Mucho menos puede desprenderse del sentimiento de enojo. Pero 'gozarse y alegrarse' en circunstancias tales es algo que jamás hará. A esto, sin embargo, se llama al cristiano. Nuestro Señor dice que debemos llegar a ser como El en estos asuntos. El autor de la Carta a los Hebreos lo dice en un versículo. 'El cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio.'
Esta es, pues, nuestra primera proposición. Hemos visto la forma en que el cristiano, en la práctica, hace frente a la persecución. Hagamos ahora otra pregunta. ¿Por qué el cristiano ha de alegrarse así, y cómo puede conseguirlo? Con esto llegamos a la médula del problema. Es obvio que el cristiano no ha de alegrarse por la persecución como tal. Más bien es algo que siempre hay que lamentar. Pero encuentra uno al leer biografías cristianas que ciertos santos se han enfrentado a la persecución en forma bien concreta. Se han alegrado en forma equivocada por la persecución como tal. Pero este fue el espíritu de los fariseos, y es algo que nunca deberíamos hacer. Si nos alegramos por la persecución en sí, si decimos, 'Bien; me alegro y estoy muy contento de ser mejor que otros, y por esto me persiguen,' de inmediato nos convertimos en fariseos. La persecución es algo que el cristiano siempre debería lamentar; debería causarle dolor que hombres y mujeres, a causa del pecado y de estar bajo el dominio de Satanás, se conduzcan en forma tan inhumana y maligna. El cristiano es, en un sentido, alguien que debe sentírsele destrozar el corazón al ver el efecto que el pecado causa en otros hasta el punto de hacer que se comporten así. Por esto nunca se alegra por el hecho de la persecución en sí.
¿Por qué, pues, se alegra de ella? ¿Por qué debería gozarse? Estas son las respuestas de nuestro Señor. La primera es que esta persecución de la que es objeto por causa de Cristo es prueba de quién es y de qué es. 'Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.' Por esto si ven que son perseguidos y que se dicen cosas malas de ustedes por causa de Cristo, saben que son como los profetas, quienes fueron siervos de Dios, y que ahora están gozando de la gloria de Dios. De esto hay que alegrarse. Esta es una de las formas en que nuestro Señor lo convierte todo en triunfo. En un sentido hace incluso al diablo causa de bendición. El diablo por medio de sus agentes persigue al cristiano y lo hace infeliz. Pero si se considera esto en una perspectiva adecuada, se encuentra razón para alegrarse; y entonces uno se dirige a Satanás para decirle, 'Gracias; me estás demostrando que soy hijo de Dios, porque si no, nunca me perseguirías así por causa de Cristo.' Santiago, en su Carta, argumenta también a base de que esto es prueba del llamamiento de uno y de la condición de hijo; es algo que le asegura a uno que es hijo de Dios.
O, tomemos el segundo argumento para demostrar esto. Significa, desde luego, que hemos llegado a identificarnos con Cristo. Si se dicen esas cosas malas de nosotros y somos perseguidos por causa de Cristo, debe querer decir que nuestras vidas se parecen a la de El. Se nos trata como trataron a nuestro Señor, y por ello tenemos prueba positiva de que le pertenecemos de verdad. Como vimos, Jesucristo mismo profetizó antes de irse que esto sucedería y esta enseñanza se encuentra por todo el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo dice, por ejemplo, 'A vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él.' De modo que, cuando el cristiano es perseguido, encuentra esta segunda prueba del hecho de que es de verdad hijo de Dios. Ha dejado sentado qué es y quién es, y se alegra por ello.
La segunda causa de la alegría y el gozo es, desde luego, que esta persecución también prueba a donde vamos. 'Gozaos y alegraos.' ¿Por que? 'Porque vuestro galardón es grande en los cielos.' Este es uno de estos grandes principios básicos que se encuentran a lo largo de la Biblia. Es esta consideración del fin, del destino último. Si les sucede esto, dice Cristo de hecho, no es más que la señal indiscutible del hecho de que están destinados para los cielos. Significa que llevan una etiqueta; significa que su destino último está fijado. Con su persecución el mundo les dice que no le pertenecen a él, que son personas aparte; pertenecen a otro reino, con lo que demuestran el hecho de que van al cielo. Y esto, según Cristo, es algo que siempre nos hace gozarnos y alegrarnos. De ahí emana otra gran prueba de la autenticidad de la vida y profesión cristianas. Como ya he indicado, lo que nos preguntamos es si eso hace alegrarnos o no, si esta prueba, que el mundo nos da, de que vamos al cielo y hacia Dios, es algo que nos llena verdaderamente de esta sensación de expectación gozosa. En otras palabras, ¿Creen ustedes en que la causa del gozo y alegría debería ser el estar conscientes de la recompensa que nos aguarda? 'Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos.'
Digámoslo de otro modo. Según este argumento, todo lo que me sucede debería verlo desde un punto de vista basado en estas tres cosas: darme cuenta de quien soy, conciencia de a dónde voy, y conocimiento de lo que me espera cuando llegue allá. Este argumento se encuentra en muchos pasajes de la Escritura. El apóstol Pablo una vez lo expresó así, 'Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas' (2Co. 4:17,18). El cristiano siempre debería considerar esto.
Examinemos ciertas objeciones. Algunos quizá pregunten, ¿Es adecuado que el cristiano piense en esta idea de recompensa? ¿Debería dirigir los motivos del cristiano ese pensamiento referente a la recompensa que le espera en el cielo? Ustedes saben que hubo la tendencia, sobre todo a comienzos de este siglo (ahora ya no se suele oír tanto), a decir, 'No me gustan estas ideas de buscar recompensa y de temer el castigo. Creo que habría que vivir la vida cristiana por sí misma.' Esas personas dicen que no se interesan por el cielo ni el infierno; lo que les interesa es esa vida maravillosa del cristianismo. Recordarán que solían contar la historia de una mujer de un país oriental a la que se veía con un cubo de agua en una mano y un cubo de combustible con brasas ardiendo en la otra. Alguien le preguntó qué iba a hacer, y contestó que iba a apagar el fuego del infierno con uno y a incendiar el cielo con el otro. Esta idea, de que uno no se interesa ni por castigos ni por recompensas, sino que hay que ser buenos, sin motivos ulteriores, que hay que disfrutar del gozo puro de la vida cristiana, atrae a muchos.
Ahora, estas personas se consideran cristianos excepcionales. Pero les contestamos que su actitud no es bíblica, y toda enseñanza que no se basa en la Biblia es errónea, por muy atractiva que sea. Todo lo que se enseña hay que someterlo a la prueba de la Escritura; y en este caso la hallamos en este versículo — 'Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos.' ¿No nos dice acaso el autor de Hebreos, como ya se lo he recordado, que Cristo sufrió la cruz y menospreció el oprobio 'por el gozo puesto delante de él'? Soportó tanto por tener los ojos puestos en lo que le aguardaba.
Lo mismo encontramos en muchos otros pasajes. El apóstol Pablo dice en 1 Corintios 3 que lo que dirigió toda su vida, y sobre todo su ministerio, fue el hecho de que en el día venidero la obra del hombre 'el fuego la probará.' 'Tengo mucho cuidado de edificar en este único fundamento,' dice, de hecho; 'ya sea que edifique con madera, heno, hojarasca, o metales preciosos. Llegará el día que lo revele. La obra del hombre será juzgada y todo hombre recibirá recompensa según la misma' (vea 1 Corintios 3:10-15). La recompensa fue muy importante en la vida de este hombre. Y en 2 Corintios 5 escribe, 'Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres' (2Corintios 5:10,11). Y cuando, en la segunda Carta a Timoteo, pase revista a su vida, piensa en la corona que le espera, esa corona maravillosa que el Señor va a poner en sus sienes. Esta es la enseñanza bíblica. Gracias a Dios por ella. Esto se escribió para estímulo nuestro. El evangelio no es impersonal ni inhumano. Toda esta idea de la recompensa se encuentra en él, y tenemos que pensar en estas cosas, meditar en ellas. Tengamos cuidado de no crear una filosofía idealista en lugar de la Biblia y de su enseñanza.
Pero alguien puede hacer otra pregunta. '¿Cómo es posible esta recompensa? Pensaba que todo era gracia y que el hombre se salvaba por gracia; ¿por qué hablar de recompensas?' La respuesta de la Biblia parece ser que la recompensa misma proviene de la gracia. No quiere decir que merezcamos salvación. Sólo quiere decir que Dios nos trata como Padre. El padre le dice al hijo que quiere que haga ciertas cosas, y que su deber es hacerlas. Tam¬bién le dice que si las hace obtendrá una recompensa. No es que el hijo merezca la recompensa. Se da por gracia, y es expresión del amor del padre. Así también Dios, por su gracia infinita, decide hacerlo así, nos estimula, nos llena con un sentido de amor y gratitud. No es que alguien pueda jamás merecer el cielo; pero la enseñanza es, repito, que Dios recompensa a su pueblo. Incluso podemos decir más y afirmar que hay diferencias en la recompensa. Tomemos esa referencia en Lucas 12 donde se nos habla de los siervos a quienes se azota poco o mucho. Es un gran misterio, pero es enseñanza clara en cuanto a que hay recompensa. Nadie sentirá que le falta algo y con todo hay diferencias. No perdamos nunca de vista la recompensa.
El cristiano es alguien que debería pensar siempre en el fin. No mira lo que se ve, sino lo que no se ve. Ese fue el secreto de los hombres que se mencionan en Hebreos 11. ¿Por qué Moisés no continuó como hijo de la hija del Faraón? Porque escogió 'antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado.' No se detuvo a pensar en esta vida; consideró la muerte y la eternidad. Vio lo que permanece, vio 'al Invisible.' Así se sostuvo. Así se sostuvieron todos. 'Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra,' escribe Pablo a los Colosenses. ¿Acaso esta palabra no nos condena a todos? ¿No hace parecer necio el modo en que miramos tanto a este mundo y todo lo que en él hay? Sabemos muy bien que todo es pasajero, y con todo qué poco miramos a esas otras cosas. 'Gozaos,' dice Cristo, 'y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos.'
¿En qué consiste esta recompensa? Bien, la Biblia no nos dice mucho acerca de ello, por una razón muy buena. Es tan glorioso y maravilloso que nuestra lengua humana casi por necesidad oscurecería su gloría. Incluso nuestro modo de hablar se ha contaminado. Tomemos la palabra 'amor.' Se ha envilecido, y tenemos una impresión equivocada de ello. Lo mismo se puede decir de muchas otras expresiones como 'gloria,' 'esplendor,' y 'gozo.' De modo que hay un sentido en que ni siquiera la Biblia nos puede hablar del cielo porque lo entenderíamos mal. Pero sí nos dice algo así. Veremos a Dios como es, y lo alabaremos en su gloriosa presencia. Nuestros cuerpos mismos serán transformados, y glorificados; ya no habrá enfermedades ni sufrimientos. No habrá dolor ni lamentos; se secarán las lágrimas. Todo será gloria sin fin. Ni guerras ni temores de guerra; ni separaciones, ni infelicidad, nada que abata al hombre y lo haga infeliz, ni por un instante.
¡Gozo y gloria y santidad y pureza sin mezcla! Esto nos espera. Este es su destino y el mío en Cristo tan cierto como que en este momento estamos vivos. Qué necios somos en no dedicar tiempo a pensar en esto. Todos nos encaminamos a esto, si somos cristianos, a esa gloria, pureza, felicidad y gozo sorprendentes. 'Gozaos y alegraos.' Y si la gente es áspera, cruel y maliciosa, y si se nos persigue, bien entonces debemos decirnos: Son gente infeliz; hacen esto porque no lo conocen a El ni me entienden a mí. Además me demuestran que le pertenezco a El, que voy a estar con El y para compartir ese gozo con El. Por tanto, no sólo no lo lamento ni quiero vengarme ni me siento deprimido, sino que me hace caer mucho más en la cuenta de la gloria que me espera. Poseo un gozo indescriptible por la gloria que me espera. Todo lo de aquí no es sino pasajero; no puede afectar esto. Por ello doy gracias a Dios, porque, como lo dice Pablo, 'produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.'
¿Con qué frecuencia pensamos en el cielo y nos alegramos al pensar en ello? ¿Les da un sentido de temor y maravilla, y un deseo, por así decirlo, de evitarlo? Si ocurre así hasta un cierto grado, me temo que debemos declararnos culpables de vivir a un nivel muy bajo. El pensar en el cielo debería hacer alegrarnos y gozarnos. La vida genuinamente cristiana es ser como Pablo y decir, 'para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.' ¿Por qué? Porque significa, estar con Cristo, verlo y ser como El, lo cual es mucho mejor. Pensemos más en estas cosas, dándonos cada vez más cuenta, y teniendo siempre presente, que si estamos en Cristo nos esperan estas cosas. Deberíamos desearlas por encima de todo. Por tanto, 'Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos.'


CAPÍTULO XIII Gozo en la Tribulación, Estudios Sobre el Sermón del Monte
por Dr. Martyn Lloyd-Jones, Pastor, Iglesia Westminster, Londres

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