Hace ya algunos años, cuando recién comenzaba la masificación del correo electrónico, abrí mi primera cuenta. Había que llenar mucha información y finalmente crear una contraseña. La verdad es que, por no acceder de manera muy continua, la clave se me olvidaba continuamente; obviamente, sin la clave no era posible acceder al servicio.

Hoy quiero hablar de una clave para la evangelización y el discipulado que parece que muchos han olvidado: el discipulado familiar. Si quieres acceder a una efectividad maravillosa para alcanzar a otros para el Señor, y deseas vivamente que Jesucristo sea conocido por los demás, no te saltes este paso: evangeliza a tu familia.

No te olvides de la próxima generación

Cuando Dios sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, les manifestó su amor al hablarles y mostrarles la verdad. Dios confirmó su Pacto de amor con Abraham, Isaac y Jacob; Él hizo firme sus palabras: “Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes” (Génesis 17:7).

La generación que salió de Egipto fracasó por completo, fueron rebeldes e incrédulos, aun Moisés. Estos hombres y mujeres fallaron en algo fundamental: pasar a la nueva generación la verdad del amor de Dios, contarles de las maravillas del Dios de Israel y vivir en consecuencia. Creo que esa ha sido también nuestra gran falla, porque no estamos pasando a la próxima generación la verdad del Evangelio; no estamos siendo capaces de discipular y evangelizar a nuestros propios hijos, y eso es grave, muy grave.

Cuando Dios repite la Ley a los hijos y nietos de aquellos que salieron de Egipto, ya que que sus padres no fueron capaces de hacerlo, les recuerda:

 “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades”. — Deuteronomio 6:4-9

Quiero que pensemos por un momento en este texto y veamos algunas verdades que nos enseña respecto al discipulado:

  1. Como padres debemos escuchar a Dios con el corazón siempre

El texto comienza dando un mandamiento muy sencillo: ¡Escucha a Dios! Y con cuanta facilidad lo olvidamos. Lo primero que como padre debemos hacer es evangelizarnos y discipularnos a nosotros mismos en la verdad del Señor. ¿Cómo vamos a pasar el Evangelio a nuestros hijos si nosotros mismos no estamos amando al Señor? ¿Cómo vamos a querer que ellos cumplan la Ley del Señor si nosotros mismos tenemos los mandamientos muy lejos de nuestro corazón?

Si de verdad quieres tomarte en serio la evangelización, parte por conocer más a tu Dios, por amarlo y escucharlo cada día leyendo su Palabra. Habla con Dios cada día en oración y crece en Él por medio de la comunión con su Pueblo. Si quieres alcanzar a tus hijos para Jesucristo el primer paso es que continuamente tu estés cerca del Señor.

  1. Como padres debemos vivir el Evangelio transmitiéndoselo a nuestros hijos siempre

Dios, para advertir a estos jóvenes de no cometer el error de sus padres que no pudieron tomar posesión de la Tierra Prometida, les dice que deben hablar a sus hijos de la Palabra del Señor siempre. Algo que está muy recalcado en el texto es que todo momento y todo lugar, que cada circunstancia y acción es parte del discipulado. Debemos hablar a nuestros hijos en la intimidad de la casa, como en la cotidianidad de las compras, de las relaciones laborales y en nuestro trato con los demás. Desde que sale el sol y hasta que se pone Cristo debe ser anunciado por nuestra vida.

El discipulado es muchísimo más que juntarse semanalmente a estudiar la Biblia; incluye esta práctica y otras, pero el discipulado es fundamentalmente la vida de alguien que vive el gozo del Evangelio, y que le transmite a otros ese mismo gozo. Esta descripción es coherente con el ejemplo de discipulado de Jesús. Él no llevó a sus discípulos a un salón de clases, él los invitó a vivir con Él. ¿Estás discipulando a tus hijos día a día o estás esperando que esa labor la haga el pastor o los maestros de escuela dominical? Si quieres evengelizar de verdad, nunca te saltes este paso: háblales del Evangelio a tus hijos con tus palabras y acciones, esa es una clave para que la próxima generación viva la verdad.

  1. Como familias debemos reflejar el Evangelio siempre

Nuestra sociedad está llena de violencia y muerte, la música habla de sexo y promiscuidad, los valores del mundo son el éxito, el orgullo y la falta de modestia. ¿Y nosotros qué hacemos? El poder transformador del Evangelio no es para que simplemente lo dejemos para nosotros. Todo verdadero proceso de discipulado con nuestros hijos llevará a que estos vivan su fe en el mundo para que sean sal y luz. El texto de Deuteronomio dice que debemos colocar la Palabra como signo en nuestras manos, frentes, puertas de nuestras casas y en las puertas de la ciudad. Esta parte del mandamiento indica que debemos hacer visible para toda la sociedad que pertenecemos al Señor.

Dios no espera de nosotros que simplemente nos gocemos en su verdad, Él desea que todos sus escogidos, de todo tiempo y lugar lo conozcan. No cometamos el error del pueblo de Israel que pensó que fue escogido por ser especial y no cumplió la vocación de anunciar la verdad a las naciones y bendecirlas. El discipulado no es por lo tanto un proceso forzado o artificial, no son eventos o actividades de la iglesia solamente, es fundamentalmente un proceso orgánico donde un creyente lleno del Evangelio (“grábatelas en el corazón”), que ha discipulado a su familia (“incúlcaselas continuamente a tus hijos”) y de esta manera vive la fe en la universidad, en el barrio, en  el trabajo, etcétera (átalas a tus manos como un signo”).

Si recordamos esta clave, si continuamente accedemos a la práctica del discipulado, entonces jamás nos olvidaremos de transmitirles el amor de Cristo a la próxima generación.


Fotografía de Danielle MacInnes