Trascendencia e inmanencia son pésimas palabras para comenzar un artículo, de hecho, si sigues leyendo es solo para saber si diré algo más interesante pronto ¿verdad?.

Todas las culturas religiosas han desarrollado ideas sobre las divinidades que han enfatizado, por un lado, a dioses puramente inmanentes, es decir, que están profundamente relacionados con las cosas creadas, incluso llegando a igualar a la deidad con la creación, y por otro lado están las religiones que enseñan a una divinidad puramente trascendente, esto es, que es tan elevada, tan alejada y distinta a lo conocido que no guarda mucha relación con nuestros problemas o situaciones humanas.

La Biblia nos enseña una verdad hermosa, desafiante y completamente original: Que Dios, el único Dios vivo y verdadero, es a la vez inmanente y trascendente.
Es verdad que estos términos tan “técnicos” no son muy apasionantes o desafiantes, pero permíteme por un instante compartir contigo un texto de las Escrituras que habla de esta verdad, para que al final tú mismo puedas juzgar si fue o no edificante para tu vida, tras pensar y meditar en esta verdad.

El profeta Isaías escribió: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”. (Isaías 57:15)

Dios se presenta como el “Alto” y “Sublime” el término alto, también puede ser traducido como “Excelso” o “Elevado”, Dios es el que está por encima de todo, el que es absolutamente diferente a todo cuanto existe. El uso de los dos términos juntos es para expresar lo que en español sería el superlativo “Grandísimo” o “Exaltadísimo”. No hay duda que la Biblia nos habla y enseña en cada una de sus páginas que la relación de Dios con su creación es la del Señor con sus siervos, del Alto con los pequeños. Esta es una notable invitación a la humildad.

El Texto continua diciendo que “habita en la eternidad” y que su nombre es “el Santo”, remarcando que Dios es el “apartado” el “separado” de todas las variaciones, acontecimientos y problemas tan propios de nuestra vida terrenal. Él está por fuera del tiempo y el espacio, Él vive en la santidad, tanto que la santidad es su nombre, Él es “el Santo”. Si Dios es tan distinto y separado del pecado, al acercarnos a Él, debemos recordar que Él es Dios y por ello digno de nuestra adoración. Esta “lejanía exponencial” entre el Creador y las criaturas, es lo que hace que le adoremos. El misterio de su Santidad, nos impulsa a la adoración.

¿Ya te diste cuenta que el texto va repitiendo las ideas para enfatizarlas? ¿Que Alto y Sublime son la misma idea potenciada? ¿Que habitar en la eternidad y ser Santo son sinónimos? Y así continua por todo el texto, repitiendo ideas para decirnos “esto es cierto”, “así soy Yo”

!Qué maravilla es que no tengamos que andar “imaginando” a Dios, porque Él mismo ha querido darse a conocer!

Luego de estas declaraciones el texto da un giro sorprendente, nos dice que el mismo Dios santo, es también el que habita con el quebrantado y humilde de espíritu. Esta verdad me conmueve: El Dios infinito es aquél que se acerca al pecador y “hace vivir el espíritu de los humildes” y vivifica “el corazón de los quebrantados”.

De pronto, el Dios Alto, que habita en la eternidad, está al lado del que sufre, del que está afligido y sana su corazón, da vida al que está muerto.

El cristianismo, como ninguna otra religión – como si pudiera ser colocado junto a ellas – enseña que Dios es al mismo tiempo Alto y sublime, de manera que debe ser adorado, pero que es también cercano y compasivo, digno de ser amado.

El cristianismo nos enseña una relación única con el Dios único, para que le temamos, pero así mismo le amemos. Porque en el “Verbo encarnado” (Jun 1:14), Jesucristo, Dios nos mostró que estuvo dispuesto a “dejar su trono” (Fil 2:5), para venir a buscarnos a nosotros los pecadores. Miremos, pues a la cruz, y en ella veremos al Rey del cielo crucificado, para enseñarnos para siempre que el Dios Infinito es un Padre dispuesto a amarnos comprometidamente.