Muchos se preguntan por qué Dios no los sana. Le han rogado al Señor en oración que les quite una enfermedad. Han leído las Escrituras, han asistido a la congregación regularmente, han dado tiempo y dinero para la obra del Señor, han compartido las Buenas Nuevas… han hecho todo lo que se supone que debe hacer un cristiano, pero Dios no los sana. ¿Por qué?

Luchando contra la enfermedad

En general, la enfermedad es el síntoma de algo mayor: que nuestros cuerpos día tras día se van degenerando a causa del pecado [1], y ningún hombre sobre la Tierra podrá evitar esto. A lo largo de la historia, los seres humanos han querido una vida sin dolor, sin inconvenientes físicos o mentales. Sin embargo, Dios no prometió una existencia así mientras tengamos este cuerpo corruptible. Precisamente por eso, cuando habitemos con el Señor en la gloria “no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” [2]. La vida sin dolor no está aquí, sino allá.

Toda enfermedad está dentro de la voluntad de Dios. ¿Cómo así? ¿Dios es quien permite que yo me enferme? Sí, así es. Él usa estas situaciones en nuestra vida para disciplinarnos, aleccionarnos o guardarnos de males peores, todo por Su pura gracia y misericordia.

Dios no está obligado a absolutamente nada, de lo contrario, dejaría de ser Dios. Aquellos que creen que declarando o arrebatando pueden lograr que alguien se sane o que no muera pronto, deben recordar que esto es potestativo de Dios: “Jehová mata, y él da vida” (1 de Samuel 2:6). Debemos orar sometiendo nuestros deseos a lo que Él haya determinado, porque querer torcer el brazo de Dios es una gran ofensa al Creador: “todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” [3].

Algunos dirán que como la “oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16), entonces todo lo que pidamos con insistencia a Dios, Él nos lo dará. Pero la Biblia nos dice, al mismo tiempo, que Dios “todo lo que quiso, ha hecho” (Salmos 115:3). ¿Se hace lo que Él quiere o lo que yo quiero? ¿Mi oración debe ajustarse al plan eterno de Dios, o viceversa? Él “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11), por lo tanto, soy yo, en oración, quien debo reconocerme como un débil y pobre pecador que no sabe lo que es mejor para sí mismo. Él sí lo sabe.

Usando los medios que Dios ha provisto

¿Qué hacemos, entonces? Si estoy enfermo, ¿simplemente espero a ver qué sucede? No. Dios mismo provee los medios para disminuir o, incluso, cesar los dolores, conforme a Sus designios. Dios ha puesto doctores, medicamentos, clínicas, avances tecnológicos y demás para beneficio del hombre. Ore para que todo esto sea usado para la gloria de Dios en usted. A pesar de que nuestro cuerpo mortal se dirige hacia la muerte y, si somos creyentes verdaderos, a la glorificación en el día en que el Señor regrese, en este tiempo Dios nos ha dado herramientas para que nuestra vida terrenal sea más cómoda y apacible.

Hay personas que hiperespiritualizan la enfermedad. Dicen que las dolencias se quitan solo con oración, porque los médicos son para los incrédulos. Y aunque en efecto Dios responde a las oraciones (pero, de nuevo, conforme a Su voluntad), no he visto que, por ejemplo, ninguno de esos falsos maestros que dicen sanar al toque de un pañuelo vaya a los hospitales a revivir a los que acaban de fallecer, a devolver extremidades a quienes se les han secado, a hacer que paralíticos de toda la vida recuperen su movilidad. No son más que impíos aprovechándose. Hay que recordarles que “sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye”[4].

Muchos creen que la oración en sí misma es poderosa porque yo la digo y tengo autoridad, pero no es así. Es el sujeto a quien se dirige la oración quien es poderoso. La oración no cambia la voluntad de Dios, sino que nos hace humildes para aceptar y someternos a la Suya. Ese es el verdadero propósito. Dios nos manda a orar para que estemos en comunión con Él y le pidamos lo que necesitamos como un acto de dependencia. Por tanto, no cabe la concepción de que Dios tenga que sanarme por méritos que no tengo. Para ilustrar esto, resulta ideal Mateo 8:2-3: “Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció” (énfasis añadido). Solo seremos sanados si Dios lo quiere.

¡Que te baste Su gracia!

Si Dios no nos sana de alguna enfermedad, debemos reconocer que Su plan es perfecto y en él también está dicha dolencia. ¿Debemos seguir orando? Claro que sí. No sabemos si Dios algún día responderá a esa oración quitándonos lo que nos aqueja (sea una enfermedad o alguna otra cosa), pero recordemos que su respuesta también puede ser lo contrario, tal como le ocurrió al apóstol Pablo [5]. Tres veces le rogó al Señor para que quitara el aguijón y la respuesta de Dios fue: “bástate mi gracia”. Evaluemos nuestras intenciones, para saber si hemos estado pidiendo como es debido. ¿Nos basta su gracia? ¿Nos gozamos al saber que Dios ha podido acabar nuestra vida anoche, pero en vez de eso nos tiene aquí hoy? ¿Meditamos en lo que Dios está haciendo con nosotros a través de alguna enfermedad? ¿Pensamos que puede ser una prueba del Señor para fortalecer una área de nuestras vidas, o para que cuidemos mejor del cuerpo que Él nos ha dado? ¿Dirigimos nuestra mirada a Cristo cuando estamos enfermos?

Si llevamos tiempo orando por una enfermedad que no se va, reconozcamos que Dios es soberano sobre ella, y puede quitarla o no hacerlo. De cualquier manera, Él sigue siendo nuestro Padre Celestial, que nos ama con profundo amor en Cristo Jesús. Si Dios no lo ha sanado hasta el momento no quiere decir que no vaya a hacerlo, ¡Él puede y, si es Su voluntad, lo hará! Veamos cada día como un precioso regalo y tengamos contentamiento. Confiemos en que Su voluntad es “agradable y perfecta” [6].



[1] Romanos 5:12.
[2] Apocalipsis 21:4.
[3] Daniel 4:35.
[4] Juan 9:31.
[5] 2 Corintios 12:7-10.
[6] Romanos 12:2.