Por estos días Chile se prepara para recibir, a partir del 15 de enero, la visita de Jorge Bergoglio. Los diferentes medios informan sobre los preparativos y actividades, entre ellas sus tres misas masivas que consideran 4500 m² de altares, 15 mil voluntarios, 550 músicos, los 7 mil millones financiados por el Estado de Chile y 4 mil millones de pesos de aportes voluntarios. A la luz de estas cifras, esta visita no es un tema menor.

Sin embargo, y en gran parte debido a los escándalos por juicios de delitos sexuales en que se ha visto envuelta la iglesia católica romana chilena, su visita no está exenta de polémicas. De hecho, se hizo pública una encuesta que señala que, a solo siete días de la llegada del papa Francisco a nuestro país, la percepción de los chilenos en torno a la visita del sumo pontífice se expresa en que un 23% calificó como muy importante esta visita y un mayoritario 50% opinó que es poco o nada importante[1].

A pesar de lo que señalan los resultados de dicha medición, esta visita es una buena oportunidad para quienes no somos católicos de aprender un poco sobre la historia eclesiástica, que en parte explica nuestros distintivos como evangélicos.

Según algunos, los orígenes del papado no son claros o, al menos, tienden a ser obscuros. Sin embargo, podemos tener varias certezas. Para ello debemos remontarnos al siglo IV. Este fue el momento en el cual el cristianismo cambió su condición de religión ilegal, a religión legal y tolerada (Edicto de Milán, año 313), y años más tarde fue promovido a religión oficial del Imperio Romano (con el Edicto de Tesalónica, año 380). En ese contexto, de entre los muchos temas a dilucidar, uno de ellos fue la organización interna de esta iglesia que vivió un crecimiento sostenido tanto en adherentes como en personas que se quisieron dedicar a tiempo completo a su servicio.

Así, algunos escritores conocidos como padres de la Iglesia, comenzaron a formular lo que se conoce como la doctrina del primado de Pedro, que en palabras sencillas quiere decir que de entre los doce apóstoles, Pedro tenía un rol más destacado y por lo tanto sus sucesores, es decir, los obispos de Roma, heredarían este mismo protagonismo.

Basilio el grande lo explica de la siguiente manera: “Y la casa de Dios, ubicada en los picos de las montañas, es la Iglesia según la opinión del Apóstol. (…) Ahora, los fundamentos de esta Iglesia están sobre las montañas sagradas, ya que está construida sobre el fundamento de los apóstoles y profetas. Una de estas montañas era ciertamente Pedro, sobre la cual roca el Señor prometió construir su Iglesia” (Dr. Saraví: Comentario sobre el Profeta Isaías, 2:66, pp. 30:233).

Otros autores como Juan Crisóstomo, son aún más expresivos: “Después de que una grave caída (ya que no hay pecado igual a la negación), después de un pecado tan grande, Él lo trajo de vuelta a su antiguo honor y le confió la jefatura de la Iglesia universal, y, más que todo, él nos mostró que él tenía un mayor amor por su maestro que cualquiera de los otros apóstoles, porque fue dicho de él: ‘Pedro, ¿Me amas más que estos?’” (Crisóstomo, Hom 5 de Poen 2, vol II, 308, 311).

Entonces, la idea de que Pedro, apóstol de Jesús, fue constituido como primer papa y a quien se le otorgó la dirección de la Iglesia y el primado apostólico, fue instalándose en la tradición. Durante los primeros siglos de la historia del cristianismo, la expresión papa se usaba para dirigirse o referirse a los obispos, en especial a los metropolitas u obispos de diócesis mayores en extensión o importancia. Gregorio VII implementa su uso exclusivo hacia el obispo de Roma y reinterpreta Mateo 16, 13-20, señalando que Jesús habría entregado a Pedro las “llaves del reino de los cielos”, refiriéndose a él como la roca sobre la cual fundaría su Iglesia.

Ahora bien, ¿qué significa papa? El término proviene de la voz griega πάππας (páppas), que significa padre o papá, término usado desde el siglo III para referirse a los obispos en el Asia Menor. Su variante en el latín clásico significaba tutor o padre. A partir del siglo XI, en Occidente se usa de forma exclusiva para referirse al obispo de Roma. Algunos también señalan que se origina en PAPA (abreviado P. o PP.), un acrónimo del latín Petri Apostoli Potestatem Accipiens: Recibiendo la potestad del apóstol Pedro.

El papa no es solamente el padre de aquellos que pertenecen a la iglesia católica romana, sino que dentro de su cargo también se incluyen los siguientes títulos: obispo de Roma, vicario de Cristo (en latín Vicarius Christi, que significa “en lugar de Cristo”), sucesor del príncipe de los apóstoles. El papa es sucesor de san Pedro, el primer obispo de Roma; pontífice supremo de la iglesia universal; primado de Italia; arzobispo metropolitano de la provincia Romana; soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano; y siervo de los siervos de Dios.

Aquellos títulos fueron agregándose con el correr de los siglos y expresan claramente la realidad de una institución altamente jerarquizada, protagonista de procesos históricos y geopolíticos en el desarrollo de Occidente y, qué duda cabe, de lo que en el siglo XVI derivó en la Reforma Protestante. De esta manera, la visita de Francisco I o Jorge Bergoglio es relevante para los evangélicos por la oportunidad que nos brinda de estudiar el presente y pasado de la iglesia católica romana, así como también los distintivos evangélicos que nos separan claramente de ella.

 

[1] Encuesta Cadem: Sólo 23% de los chilenos considera importante la visita del Papa Francisco.