El año 2018 ha comenzado de manera distinta para el mundo católico romano de Perú y Chile, pues se inició con el llamado Viaje Apostólico del papa Francisco I, quien antes de partir señaló: “Voy hacia ustedes como peregrino de la alegría del Evangelio, para compartir con todos «la paz del Señor» y «confirmarlos en una misma esperanza». Paz y esperanza, compartidas entre todos” [1].

A propósito de esta visita, quiero extender una invitación a revisar brevemente qué pensaba uno de los pilares del comienzo y desarrollo de la Reforma protestante sobre dicha institución, pues hace algo más de 500 años una tremenda polémica surgió entre el papado y él, en ese entonces monje agustino. Fue Martín Lutero, “Maestro en Artes y en Sagrada Escritura y Profesor Ordinario de esta última disciplina”[2], con la publicación del documento conocido en la actualidad como Las 95 tesis, cuyo nombre original es Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias. Aquel texto —clavado por Lutero, de acuerdo con la tradición, en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de octubre de 1517— comenzó un debate teológico que desembocó en la Reforma y en el nacimiento de varias tradiciones dentro del cristianismo.

Durante la vida de Martín Lutero hubo varias personas que ocuparon el cargo de papa, a saber: Alejandro VI (Rodrigo de Borja), Pío III (Francesco Todeschini Piccolomini), Julio II (Giuliano della Rovere), León X (Giovanni di Lorenzo di Medici), Adriano VI (Adriaan Floriszoon Boeyens), Clemente VII (Giulio di Giuliano di Medici) y Paulo III (Alessandro Farnese). Además del cargo que ocuparon, ellos tienen en común vidas bastante polémicas y haber sido blanco de las críticas directas e indirectas del Reformador.

Para comenzar, analicemos algunos de los primeros párrafos de las 95 tesis: “El papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su arbitrio, sea por conformidad a los cánones. El papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si estos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente”[3]. Para nosotros, los lectores del siglo XXI, el tema evidente es la insuficiencia del poder papal para remitir pecados, sin embargo, para los lectores del siglo XVI estas declaraciones representaron un verdadero terremoto pues también ponían en duda los fundamentos mismos de la autoridad sobre la cual reposaba la institución papal.

Ahora bien, señala el historiador (católico) J. Lortz que en su época “los puntos con los cuales Lutero llegó a entrar en conflicto con la autoridad [de la Iglesia], eran puntos que en general se consideraban discutibles. Incluso su negación del papado y de los concilios se inició sobre un nivel problemático general. Muchos teólogos veían al papado como no necesariamente dependiente de una institución divina; todos estaban en duda en cuanto a la determinación de la relación precisa entre autoridad conciliar y papal”. El historiador no señala con nombres quiénes serían aquellos “muchos teólogos”, pero sin duda alguna allí podemos ubicar a los que han sido conocidos como prerreformadores, por ejemplo J. Huss y Juan Wyclif, entre otros.

El problema con Lutero es que las 95 tesis resumían de forma sencilla, profunda y pública[4] los cuestionamientos hacia el papado y también hacia la exitosa fórmula de recaudación de fondos que se había implementado[5]. Estos asuntos no pasaron desapercibidos para los lectores de la época y fueron ciertamente uno de los motivos por los cuales fue llamado a dar cuentas en los juicios (dietas) que se realizarían posteriormente.

El año de 1520 fue intenso para Lutero, pues las relaciones con la jerarquía eclesiástica de su época se tensionaron gravemente, ya que se le acusó directamente de herejía con todo lo que ello implicaba: excomunión, expulsión de la cristiandad y la siempre presente amenaza de muerte. En ese contexto, escribe una carta al “Sumo Pontífice León X en el nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor”[6], para aclarar que no eran ataques personales sino más bien hacia la corrupción e inmoralidad instalada en la institución que el encabezaba:

“Sin embargo, ni tú, ni persona alguna podría negar que tu sede, llamada curia romana, es más corrupta de lo que jamás fuera Babilonia ni Sodoma. En cuanto yo comprendo, se caracteriza por una impiedad deplorable, desesperanzada y evidente.
Ciertamente la detesté y me indigné, porque bajo tu nombre y con el pretexto de la Iglesia Romana fue escarnecido el pueblo de Cristo. Y así resistí y me opondré siempre a esa sede, mientras en mí viva el espíritu de la fe. No aspiro a cosas imposibles, ni espero que por mi solo esfuerzo se pueda conseguir nada en esta confusísima Babilonia, donde tantos aduladores con furia me combaten.
Pero reconozco que soy deudor de mis hermanos y debo advertirles para que se pierdan menos o en menos grado por las pestes romanas”[7].
Sus argumentos respecto al papado son también evidentes en La cautividad babilónica de la Iglesia[8], escrito con el propósito de denunciar cómo Roma desnaturalizó los sacramentos a través de sus razonamientos y prácticas, privando así a la Iglesia de las ordenanzas que Cristo mismo instituyó, argumentando que “una vez que el obispo de Roma dejó de ser obispo para tornarse en tirano me he hecho invulnerable a todos sus decretos; estoy convencido de que ni él, ni siquiera un concilio general, tiene la potestad de establecer nuevos dogmas”[9].

En caso de ser poco claro y mostrando un evidente giro en su pensamiento, expresa enfáticamente su posición:

“En efecto, mientras había negado que el papado existía por derecho divino, reconocía, sin embargo, que se basaba en derecho humano. Mas luego oí y leí las sutilísimas sutilezas de esos carreteros, con las cuales erigen ingeniosamente su ídolo (mi ingenio en tales cosas no es excesivamente indócil). Ahora sé y estoy seguro de que el papado es el reino de Babilonia y el dominio de Nimrod, el vigoroso cazador. Por lo tanto, también aquí, a fin de que todo resulte muy próspero a mis amigos, ruego a los libreros y a los lectores que quemen todo cuanto escribí sobre este asunto y acepten la siguiente proposición: el papado es la recia cacería del obispo romano”[10].

Consciente de que a través de declaraciones como esta (y otras que podemos ubicar en su prolífica bibliografía) inflamaría aún más la persecución, en la conclusión de La cautividad babilónica de la iglesia, dedica las siguientes palabras a sus acusadores:

“Me llega la noticia de que otra vez se están preparando bulas y condenaciones papistas para forzar mi retractación o, en caso contrario, para declararme hereje. Si ello es cierto, deseo que este mi librito se vea como una parte de mi retractación futura, para que no se quejen de que su tiranía se ha inflamado en vano. No tardará en aparecer la otra parte; pero saldrá de forma que, con la ayuda de Cristo, dirá cosas que jamás haya visto ni oído la sede romana. Testificaré así sobradamente mi obediencia. En el nombre de nuestro señor Jesucristo. Amén”[11].

Durante el desarrollo de la Reforma, Lutero llegó a considerar al papa no como cabeza de la Iglesia, sino como enemigo de Dios: el Anticristo[12]. En el conocido llamamiento A la nobleza cristiana de la Nación alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano (1520), señala que “cuando el papa obra en contra de las Escrituras, estamos obligados a acudir en ayuda de ellas, a vituperarlo y a compelerlo de acuerdo con las palabras de Cristo”[13], “cuando el papa usara de la potestad para oponerse a la organización de un concilio libre con el fin de impedir el mejoramiento de la iglesia, no debemos respetarlo a él ni a su poder. Y si excomulgara y tronara, deberíamos desdeñar esto como el proceder de un hombre loco y, confiando en Dios, excomulgarlo y acorralarlo por nuestra parte tanto como se pueda, pues semejante poder temerario no es nada”[14].

A propósito de las funciones del pontífice, declara que “es terrible y horroroso ver que el señor supremo de la cristiandad, que se glorifica de ser vicario de Cristo y sucesor de San Pedro, ande tan mundano y lujoso, de modo que en ello no lo alcanza ni iguala rey o emperador alguno. Se hace llamar santísimo y espiritualísimo, y sin embargo, es más mundano que el mundo mismo. Lleva la corona triple mientras los más grandes reyes solo usan una. Si esto es a semejanza del pobre Cristo y de San Pedro, trátase de una semejanza novedosa. Se parlotea que es herético hablar en contra de ello, ni tampoco se quiere oír cuan anticristiano y antidivino es semejante abuso. Mas creo que siempre debiera quitarse tal corona cuando ha de orar a Dios con lágrimas, puesto que nuestro Dios aborrece toda ostentación. Porque la función del Papa no debe ser otra que la de llorar y orar diariamente por la cristiandad y darle un ejemplo de completa humildad”[15].

Hacia el final de sus días, ¿habrá cambiado en algo la opinión del Reformador con respecto al papado? La respuesta es un rotundo no. De hecho, su rechazo hacia dicha institución se hizo más profundo. Esto queda expresado en Contra el papado de Roma fundado por el diablo. Este texto fue redactado entre enero y febrero de 1545, a petición del príncipe elector de Sajonia, Juan Federico y como respuesta a dos breves cartas papales que el papa Pablo III había dirigido al emperador Carlos V, complementándolo con otro libelo de ilustraciones satíricas llamado Abbildung des Bapstum (Imagen del papado) publicado dos meses después, en mayo. Fiel a su estilo y al trabajo de su vida califica al pontífice de su época como “Satanísimo Padre san Pablo III, como si fuera un obispo de la iglesia romana”[16]. Esto también nos ayuda a comprender por qué hasta el día de hoy los evangélicos no tenemos un papa (puede profundizar más en este artículo).

En síntesis, este breve recorrido nos permitió observar cómo se desarrolló y cambió radicalmente el pensamiento de Martín Lutero hacia el papado: desde aceptarlo como institución a rechazarlo profundamente por razones de forma (la corrupción a muchos niveles y el abuso de poder) y de fondo (la imposibilidad de fundamentarlo a través de las Escrituras).

Así las cosas, resultó sorprendente que en el marco de la conmemoración de la Reforma protestante, el papa Francisco, durante un viaje a Suecia, haya reivindicado a Lutero, el “peor de los herejes”, diciendo comprender la reforma. Señaló que “Lutero fue un reformador en un momento difícil y puso la palabra de Dios en manos de los hombres. Tal vez algunos métodos no fueron correctos, pero si leemos la historia vemos que la Iglesia no era un modelo a imitar: había corrupción, mundanismo, el apego a la riqueza y el poder”[17]. Quizá en pos de un objetivo reconciliador haya pasado por alto las tremendas declaraciones del Reformador, no haya tenido acceso a ellas o puso aún más en evidencia que su condición de falso maestro (al respecto, puede profundizar leyendo este artículo). Por eso, después de 500 años, todavía resuenan con fuerza las críticas de Martín Lutero hacia el papado y su énfasis en la preeminencia de Cristo y Su Palabra por sobre todo principado y potestad de este mundo.



[1] Papa peregrino de la paz y esperanza de Cristo. Video mensaje a Chile y Perú.
[2] Referencia original: Todd, J. (1964). Martin Luther (Westminster, Md., Newman Press, p. 287 y ss.). Citado en Martín L. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. XIX.
[3] Lutero, M. Disputación acerca de la determinación del valor de las indulgencias (Tesis 5 y 6). En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 7.
[4] De hecho, no pasó mucho tiempo entre que el mencionado documento estuviese clavado en las puertas de la catedral de Wittenberg, a circular por diferentes lugares de Europa gracias a las copias realizadas por medio de la imprenta.
[5] La práctica de entregar indulgencias era bastante antigua en la iglesia católica romana. Se daban por servicios o méritos, la innovación fue el cobro para conseguirlas.
[6] Lutero, M. Carta a León X y la Libertad Cristiana. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 141.
[7] Lutero, M. Carta a León X y la Libertad Cristiana. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 142-143.
[8] Entre los años 1305 y 1377, la sede de la curia papal residió en la ciudad de Aviñón, en Francia, porque el rey de Francia había apresado al papa. Este período fue llamado La cautividad babilónica del papa. Esta expresión fue usada por Lutero para encabezar una obra suya, en la cual contesta dos publicaciones emanadas desde el Vaticano sosteniendo que la Iglesia misma fue aprisionada por el sistema papal.
[9] Lutero, M. La cautividad babilónica de la iglesia. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós.
[10] Lutero, M. La cautividad babilónica de la iglesia. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 174.
[11] Lutero, M. La cautividad babilónica de la iglesia. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 258-259.
[12] Un título que da para bastante análisis, pues la raíz griega anti no solo significa en contra de, sino también en vez de. Sabido es el hecho de que uno de los títulos del papa es Vicarius Christi (Vicario de Cristo), lo que significa en lugar de Cristo. Según la doctrina católica romana, aplica al papa en cuanto representante de Jesucristo en la tierra.
[13] Lutero, M. A la nobleza cristiana de la Nación alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 81.
[14] Lutero, M. A la nobleza cristiana de la Nación alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 82.
[15] Lutero, M. A la nobleza cristiana de la Nación alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano. En: Lutero, M. (1967). Obras de Martín Lutero. Buenos Aires: Editorial Paidós, p. 83.
[16] Lutero, M. (1545). Contra el papado de Roma fundado por el diablo. Disponible en: Contra el papado de Roma fundado por el diablo, 1545.
[17]El papa Francisco reivindica a Lutero, el “peor de los herejes” También puede consultar: El Papa considera superados los “viejos prejuicios” sobre Martín Lutero