Job, en aquellos días donde la vida parece ir más lento, y otros encuentran divertido y fácil opinar sobre lo que nos pasa, nos da un gran consejo.

Claro, su intención no es aconsejar a nadie en ese momento. Él está luchando, sosteniéndose entre la tempestad… Pero, casi sin darnos cuenta, respondiendo a sus “amigos”, ahí nos encontramos con ese gran tesoro. Él dice:

“Hice pacto con mis ojos” (Job 31:1).

Según el “Diccionario Bíblico Holman”, un “pacto” es una “promesa sujeta a juramento mediante el cual una parte promete solemnemente bendecir o servir a otra de alguna manera específica”.

Job no ha pactado con sus propios ojos. A lo que se refiere Job es que ha hecho una “promesa sujeta a juramento” que incluye de forma directa a sus ojos.

Él ha “prometido solemnemente” servir a Dios con sus ojos.

¿A qué se refiere? ¿Cómo puede Job servir a Dios con sus ojos?

Con nuestros ojos podemos adorar a Dios o menospreciarlo.

Jesús enseñó en Mateo 5:28: “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”.

Por lo que frente a cualquier persona que no es mi esposa debo tomar una decisión: ¿obedezco a Dios u obedezco a mis deseos?

Si obedezco a Dios estoy valorándolo a ÉL más a que a mis deseos.

Si obedezco a mis deseos carnales estoy valorándolos más que a Dios.

 

¿Qué es lo que estimo más? ¿A Dios o a mis deseos?

Si miro lo que Dios me dice que no mire, la respuesta es clara: valoro más a mis deseos.

Si me prohibo la mirada a lo que Dios me dice que no mire, la respuesta es clara: valoro más a Dios.

Job afirma: “Hice pacto con mis ojos. ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?” (Job 31:1).

Él está diciendo: “He comprometido mis ojos para que adoren a Dios. Por lo tanto no miro lo que sé que no debo mirar”.

Sin duda nos enseña mucho la expresión que usa en este versículo: “pacto”.

Él no dice: “me es muy fácil no mirar codiciosamente a mujeres que no sean mi esposa”. ¡NO!

Él afirma: “Hice PACTO con mis ojos”.

La palabra original en hebreo para “pacto” es “berit”, la cual significa “encadenar u obligar” (“Diccionario de Teología” de Everett Harrison).

Se trata de una decisión voluntaria y sacrificada

Por supuesto, en fuerzas más allá de las propias. En el poder de la gracia de Dios (2 Timoteo 2:1).

Pero hay una determinación consciente de esto: “NO lo voy a hacer”.

Y… ¿sabes?… ¡Esto es adoración! ¿Por qué?

Adoración no es sólo cantar canciones el domingo. Adoras a Dios cuando ante cualquier circunstancia que se te presenta en tu día a día, lo prefieres más a ÉL que a todo lo demás.

Se trata del primer lugar en tu escala de valores.

Puedo cantar el domingo: “No hay nadie como tú. Te adoro. Eres sin igual”. Pero si el lunes estoy mirando con ojos deleitosos eso que sé que Dios no quiere que mire, está claro qué es lo que más valoro.

Por esto cuando David peca con Betsabé, Dios le dice: “me menospreciaste” (2 Samuel 12:10).

¡David había valorado más sus propios deseos! Por lo tanto había restado valor a Dios en su corazón. ¡Esto lo llevó a obedecer a aquello que más valoraba!

A esto se refería Jesús cuando dijo: “el que me ama, mi Palabra guardará”. (Juan 14:23)

Cuanto más experimentamos las indecibles “misericordias de Dios”, tanto más hay un impulso poderoso en nosotros para “presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” y así damos un “culto racional” (Romanos 12:1).

Cuanto más “tus ojos estén siempre hacia Jehová” (Salmos 25:15), más ÉL será tu admiración. Cuanto más le admires más le valorarás. Cuanto más le valores más tus ojos obedecerán.