La paz que Cristo nos promete afirma la eternidad de nuestra salvación.

El Señor Jesús nos promete una paz sobrenatural que solo Él la da (Jn. 14:27), haciendo énfasis en que no es la misma paz que el mundo ofrece, y en que no debemos estar temerosos, porque esa paz es la consecuencia directa de haber nacido de nuevo (Jn. 3:3).

Gracias a que por medio de Jesucristo podemos ser declarados santos por Dios, es que podemos también disfrutar de esa preciosa promesa de una paz que sobrepasa todo entendimiento (Fil. 4:7), una paz que solo podemos experimentar viviendo en la voluntad de Dios (Is. 32:17).

Algunos dirán: “¿Qué tiene que ver esta promesa de paz con que se pierda o no la salvación?” Tiene mucho que ver. La duda es lo contrario a la fe, y sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6), así que, si la salvación que Cristo nos ofrece solo por gracia y solo por fe no es una salvación segura, sino una insegura que nos hace dudar, entonces Cristo tampoco puede cumplir esa promesa de darnos paz, porque es imposible que tengas esa paz si vives pensando que algún pecado te puede llevar al infierno, incluso después de haberte arrepentido y de haber creído en el Evangelio.

Es vital que la salvación sea una obra eternamente segura para que podamos estar gozosos en la paz del Señor que nos produce esa esperanza. Así el Señor puede cumplir su promesa y llenarnos de paz todos los días de nuestras vidas, ayudándonos a vivir en santidad y consolándonos en la esperanza de una salvación eternamente segura, la cual Él mismo sostiene de principio a fin.

Si crees que la salvación se pierde, crees en una salvación por obras

Cuéntame, ¿qué fue lo que hiciste para que Dios te salvara? Ruego a Dios porque hayas dicho: ¡Nada! “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” Efesios 2:8–9.

Es por medio de nuestro Señor Jesús y sus méritos perfectos que somos salvos. Si piensas que alguna obra tuya, sea buena o mala, es capaz de frustrar la obra perfecta de salvación de Jesucristo, es lo más antibíblico que puedes pensar. Si la obra salvadora del Espíritu Santo descansa sobre los méritos perfectos de Cristo, entonces podemos estar tranquilos en la seguridad de una salvación eterna y perfecta, que nos hace deleitarnos en la gracia soberana del Dios justo y verdadero hasta el último día de nuestras vidas.

Una salvación eterna no es una licencia para pecar

Esto es lo que muchos argumentan en contra de la salvación eterna que Cristo nos ofrece: ¡si la salvación no se pierde, a pecar se ha dicho!

Para empezar, cualquiera que piense así, ni siquiera es cristiano. Porque cuando alguien ha nacido de nuevo por la Palabra de Dios y por el Espíritu Santo, su antigua naturaleza pecaminosa que odiaba a Dios y amaba el pecado, es reemplazada por una nueva naturaleza divina que ama a Dios y odia el pecado (2 Pedro 1:4).

Mira a ese perro comiendo con deleite de la basura, imagina que en ese instante puedes convertirlo en hombre y lo conviertes, ¿qué pasa? Pasará que ese hombre se levantará vomitando y gritando por haber comido de la basura muchas cosas asquerosas y podridas. Ese es un claro ejemplo de la antigua naturaleza pecaminosa, y la nueva naturaleza santa que recibimos cuando hemos nacido de nuevo (2 Co. 5:17).

Si el Espíritu Santo vive dentro de ti, solo una cosa puedes desear más que nada: la santidad. A diario seguirás cayendo en algunos pecados, pero tu nueva naturaleza otorgada por el Espíritu de Dios, nunca te dejará revolcarte en el pecado como antes, porque ya no eres un pecador condenado, sino un hijo de Dios perdonado, por la gracia de Dios y para su gloria, a quien el Espíritu le dice lo siguiente: ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Ro. 6:1–2).

Además, Dios mismo promete perfeccionar la obra de salvación que ha comenzado en cada verdadero creyente, para que podamos ser cada vez más como nuestro Señor Jesús (Fil. 1:6).

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Romanos 8:1.