Las flores de la poesía se han agotado en la tarea de adornar la belleza de la manera más provechosa; pero este solo versículo de las Escrituras basta para darnos la justa noción del verdadero valor.

«Pero la mujer que teme al Señor [tanto si es bella o si no], será alabada”; porque la verdadera piedad es la belleza del alma y supera a la del cutis o a la de las facciones, tanto como el cielo es más alto que la tierra y la eternidad más larga que los tiempos».

Engañosa es la gracia y vana la belleza,
pero la mujer que teme al SEÑOR, ésa será alabada.

Pr 31.30

Ciertamente, “La Belleza”, es una cualidad encantadora cuando va unida a la piedad y a la humildad, pero, sin estas últimas, es una trampa y un lazo. Cuando se trata de escoger esposa, los necios siguen su capricho, pero los sabios actúan conforme a la razón y a la Palabra de Dios.[1]

La mujer que teme a Jehová 31:30–31

Es evidente que la mujer virtuosa era elegante (31:22b) y probablemente hermosa tanto en su aspecto físico (31:30b) como espiritual (31:25–27). Algunas de esas características son pasajeras. Pero ella poseía algo que tiene valor perdurable tanto en esta vida como en la venidera.[2]

La mujer querida, 31:28–31 Los vv. 28 y 29 revelan el cariño de parte de los hijos y del marido. Bienaventurada (ver 3:13, 18; 8:32, 34; 16:20; 28:14; 29:18), de parte de los hijos, resume lo que ellos han visto en ella: Una mujer profundamente espiritual y trabajadora, en la que la presencia y la bendición divinas se pueden ver concretamente. Lo dicho por el marido es aun más especial. El reconoce que hay muchas mujeres en el pueblo que hacen el bien, ¡pero ella es la mejor! Estas palabras tan sencillas han de escucharse de parte de muchas mujeres cristianas dentro de la América Latina. El marido reconoce la joya que él tiene y no la quiere perder. Los vv. 30 y 31 son un comentario dado por el maestro de la sabiduría. Es una exhortación y una evaluación de la manera apropiada para juzgar el valor de la mujer. Se da una advertencia contra dos características populares de la mujer. En primer lugar, la Escritura declara que engañosa es la gracia. Nos hace recordar el encanto de la mujer adúltera en 5:3 s. y 7:21 s. En segundo lugar, se afirma que vana es la hermosura. En un canto por Antonio se habla de “las hipócritas hermosuras que engañan al Amor mismo” (ver Don Quijote, 1. 11). Se recuerda el engaño de las mujeres en la vida de Sansón (ver Jue. 14:1 ss.; 16:1 ss.). Este engaño era principalmente la culpa de Sansón mismo, en su forma de evaluar a la mujer. Un escrito judío aconseja que “el joven pone los ojos no sobre la belleza sino sobre la familia potencial” (ver Misná, Taan 4:8). Pablo exhorta a las mujeres a una vida moderada (ver 1 Tim. 2:9 y 10).
La segunda parte del v. 30 subraya la característica esencial de la mujer. Se recalca la naturaleza espiritual de la mujer (es decir, teme a Jehovah como en 1:7; 2:5; 3:7). No hay nada más aburrido que estar con alguien por largo tiempo y que no tenga una espiritualidad desarrollada. Esta característica ha de ser alabada y tal mujer ha de ser reconocida públicamente en la sociedad, un ejemplo digno de imitar (v. 31). Es interesante que las puertas de la ciudad designan el lugar público y aquí también se encuentra el marido (v. 23). La mujer virtuosa cumple el mandamiento de Jesús más tarde: Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de modo que vean vuestras obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (ver Mat. 5:16).
¡Que se cumpla lo dicho por Sancho: “Se ha de amar a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena”! (Don Quijote, 1. 31)


[1] George Lawson, Comentario a Proverbios, sobre Proverbios 31.30
[2] Collins, A. (1997). Estudios Bíblicos ELA: Cómo vivir sabiamente (Proverbios) (p. 111). Puebla, Pue., México: Ediciones Las Américas, A. C.

Carro, D., Poe, J. T., Zorzoli, R. O., & Editorial Mundo Hispano (El Paso, T. . (1993–). Comentario bı́blico mundo hispano Proverbios-Cantares (1. ed., pp. 272–273). El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano.

Fotografía Miguel Santaolalla