Permítanme dar una definición de la desconfianza en Dios, usando el mismo versículo de la definición de la fe que escribió Pablo en Hebreos 11:1; poniendo la negación adelante, sonaría así: “Es pues, la desconfianza, la incertitumbre de lo que se espera, la inconvicción de lo que no se ve.” Ven lo grave que se vuelve, y no se volvió grave ahora, siempre ha sido grave, pero olvidámos que no hay tal cosa como “pecados pequeños”.

La desconfianza es en otras palabras el opuesto de la fe.

¿No es cierto que confiamos más en los hombres muchas veces, más que en Dios? Y es triste, pero hermanos, es más grave que triste. Jeremías lo dice: “Así ha Dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová”. (Jeremías 17:5, 7) Cuando leo la Biblia, en el Antiguo Testamento veo los pecados de los israelitas, su desconfianza, y sus murmuraciones, y el hecho de que aún estando bajo la ley, Dios cuidó de ellos. A mí me llena el corazón de asombro y los ojos de lágrimas. Pero leo también que erán el único pueblo de la Tierra que servía al Dios verdadero. Me veo a mí luego, y lo que quiero hacer es gritar como Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos…” (Isaías 6:5)
Desconfiar de Dios se ha convertido en lo más normal para uno. Cuando era estudiante en la universidad tenía beca, y para mantenerla tenía que tener calificaciones altas en cada semestre, si no, perdía la beca. Desconfiaba que el Señor me daría entendimiento para estudiar y tener calificaciones altas, hasta en algunos exámenes pensaba que reprovaría, pero a pesar de mi pecado, de desconfiar de Él, justo en los exámenes que decía que reprobaría, tenía las mejores calificaciones que se puede tener. Dios no nos paga con la misma moneda, por eso debemos poner rostro en tierra, para pedir ayuda, y misericordia, como lo hacían Moisés y Arón (Números 14:5).

¿Cuán grave es desconfiar de Dios?

Es tan grave que a los mismos Moisés y Arón, Dios les quitó la gracia de entrar en Canaán: “Y Jehova dijó a Moisés y a Arón: Por cuanto no creisteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congrecacón en la tierra que les he dado”. (Números 20:12).
Yo, podría decir que ellos no pecaron tan fuerte como yo, yo desconfié del Señor hasta para unas calificaciones, ellos lo hacían para sacar agua de una roca, juzguen ustedes, ¿no merezco yo algo mucho peor que ellos? Sí, definitivamente. Moisés, era el hombre al que Dios le hablaba cara a cara (Números 12:7, 8) pero aun así, Dios lo castigó. Recuerden que el Señor castiga a los suyos (Apocalipsis 3:19), y muchas veces a los del mundo, Dios “los entregó a sus pasiones vergonzosas” (Romanos 1:26). Pero cómo le agradezco a Dios por su gracia, por su salvación, sin merecer nada, me da todo, le agradezco que no se cansa de corregirme. Veo mi depravación total, en comparación con su misericordia, y sé que su misericordia y su amor, son mucho más grandes.
Cuando Saúl (1 Samuel 13:8, 9) trajo el holocausto, después de que esperó y perdió la esperanza de que llegue Samuel a tiempo, antes de que el pueblo se vaya y de que los filisteos los rodearan. Samuel le dijó: “Locamente has hecho” (1 Samuel 13:13). Trabajamos locamente y sin resultados buenos en cualquier cosa si no lo hacemos confiando en el Señor. Ahora, la diferencia que hay entre Moisés, Arón y la vida de Saúl es que los hombres de Dios se arrepentieron de su pecado, y no se disculparon, encontrando excusas, en cambio Saúl se disculpó.
Dios lo que pide de nosotros es hacer Su voluntad por más difícil que parezca, no importan las circunstancias, confiando en que Él nos librará y nos guiará hacia Canaán. Sigamos el ejemplo de Abraham: “El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de mucha gente, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia” (Romanos 4:18).