Todo lector de la Biblia sabe que el pueblo hebreo fue elegido y apartado por Dios de entre todos los pueblos de la tierra, “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 7:6).

A lo largo de la historia bíblica vemos a Dios cuidando a este pueblo, librándolo de peligros, conservándolo y sustentándolo en sus necesidades, y todas estas bendiciones debido al gran amor, misericordia y propósito de Dios para con ellos. Pero no porque los hebreos tuvieran algo especial, no porque tuvieran más valor o importancia, no porque fueran más que los demás pueblos, pues eran pocos, débiles e insignificantes, así mismo lo declara Dios: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos” (Dt. 7:7). Fue porque así le plació, según su soberana voluntad.

Con relación a esto vemos que Dios siempre escoge a lo débil, insignificante y despreciado, por ejemplo: Escogió a Abram, un caldeo pagano para de allí tener un linaje; escogió a David, un niño sin fuerza cuidador de ovejas, el menor de todos sus hermanos para ser el rey de Israel; escogió a María, una muchacha común y corriente para ser la mujer por la cual viniera el Salvador del mundo; y qué podemos decir de sus apóstoles, y de sus siervos a lo largo de la historia y de nosotros mismos, hombres y mujeres viles, menospreciados, sin valor, pequeños, débiles, muchos de nosotros del vulgo y sin letras, pues no somos muchos nobles, ni muchos poderosos, a fin de que nadie se jacte en su presencia y toda la gloria sea para Él (1 Co. 1:26-29).

Dios, pues, ha determinado (en su propósito eterno) escoger a algunos hombres y mujeres de todos los tiempos, para que sean su pueblo santo y especial, el cual pasará la eternidad deleitándose en su presencia.

Este pueblo escogido por Dios está conformado solo por judíos, así es, pero únicamente por verdaderos judíos. Hay verdaderos judíos y falsos judíos. Solo los verdaderos judíos son el pueblo de Dios y estarán con Él eternamente y nadie más. El Señor mismo declara por medio del ángel que habló a José cuando dijo que María estaba embarazada… “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). ¿Lo ven? Aquí dice claramente a quiénes vino a salvar: dice a su pueblo y su pueblo son los verdaderos judíos.

Ahora, debemos entender la diferencia que hay entre un verdadero judío y un falso judío, y debemos aceptar esta verdad pues así lo muestra la Escritura. El apóstol Pablo dice: No todo el que se dice judío es judío, “pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Romanos 2:28-29).

En esta porción de la Escritura vemos con claridad quién es un verdadero judío. Dice el apóstol que no es por la apariencia, no por lo externo, no porque te vistas con atuendos israelíes eres judío, no porque uses talit y kipá y hables hebreo eres judío, no porque estés circuncidado en la carne, pues no es judío el que lo es exteriormente, sino que el verdadero judío lo es en el interior. La circuncisión verdadera, la que vale para Dios es la del corazón, en espíritu, en otras palabras, es judío todo aquel que haya nacido de nuevo por la fe en el Señor Jesucristo.

En otra porción Pablo enriquece y aclara más este asunto, diciendo que todas las promesas son para Abraham y su simiente la cual es Cristo (Gálatas 3:16). Y en el versículo 29 de Gálatas 3, dice que si alguno es de Cristo, ciertamente linaje de Abraham es, y heredero de la promesa. ¿Cuáles fueron las promesas que Dios hizo a Abraham? En resumen, son estas: bendecir a todas las familias de la tierra, darle hijos (un linaje), una descendencia (recordando que Sara, la mujer de Abraham, era estéril). Estos hijos somos todos aquellos que creemos en Jesús. También le prometió “una tierra”, una patria, que como dice Hebreos 11:16 es celestial. Todas las bendiciones y promesas de Dios para con los hombres son en Jesús por la fe.

En conclusión, mis amados hermanos, solo el verdadero pueblo de Dios heredará la tierra prometida, la vida eterna, la patria celestial. Y como hemos visto bíblicamente, un verdadero judío es, solo, única y exclusivamente, aquel que ha creído en Jesús como su Señor, Salvador, Mediador y Redentor a través de su sangre, por la gracia divina, haciéndose acreedor de las promesas, obteniendo el perdón de pecados y la regeneración.  Estos son los verdaderos judíos.

“Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29).

Y tú, ¿eres un verdadero judío?