El 31 de octubre del recién pasado año, se celebró el aniversario 500 del día en que Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia en Wittenberg, dando paso al inicio de la Reforma protestante, un hecho histórico que sirve para recordarnos el desafío radical que Lutero planteó a la institución de la Iglesia Católica Romana, en su insistente atentado contra la credibilidad de la gracia y la suficiencia de la obra de Cristo para salvar a los pecadores.

No dejo de pensar en la obra providencial de Dios para dar luz a aquellas personas que vivieron en los primeros años del siglo XVI, quienes muchas veces ignoraban el evangelio y la obra redentora de Cristo y que, sin titubear, muchos en su fase final de vida descansaban en el hecho de saber que podrían “pagar” su boleto de estadía en el “cielo”; el otorgamiento de indulgencias estaba en la bula que la iglesia católica como recompensa de los cristianos vivos, otros que con chicles en sus bocas afirmaban tener una “relación personal con Dios” a través de la participación de los ritos, ceremonias, instituciones e ideas de la iglesia católica.

Realidad que hoy en el siglo XXI no ha dejado de cesar para aquellos que buscan un espacio en el cielo, quienes insisten en ser los pioneros en el tema de la salvación, quienes interpretan la Reforma con el mismo lente de la iglesia católica, como una rebelión.

Sí, ellos consideraron a Lutero como un hereje, que solo usó la Reforma como una excusa para casarse y no realmente como lo que fue y ha sido, el grito de la supremacía de las Escrituras sobre la tradición, la supremacía de la gracia sobre las obras y la supremacía del sacerdocio de todos los creyentes sobre el exclusivismo del clero católico, mensaje que siempre ha sido liberador y atractivo para la población oprimida y espiritualmente esclavizada.

Steven Ozment, comenta: “La condición esencial del éxito de la Reforma fueron corazones y mentes humillados, una necesidad perceptible de reforma y la determinación para comprenderla, cosas sin las cuales puede decirse categóricamente que no habría habido Reforma” (204).

“El fracaso de la iglesia medieval para proporcionar una teología y espiritualidad que pudieran satisfacer y disciplinar los corazones y mentes religiosas fue la precondición religiosa más importante de la Reforma” (208). – De generación a generación, La renovación de la iglesia según su propia teología y práctica.

Tanto Lutero como otros reformadores, dejaron en claro que la remisión de los pecados no requiere nada más allá de lo que ya se ha provisto en el sacrificio de la cruz de Cristo y la promesa que se le atribuye. No depende del poder del sacerdote o la pureza del pecador individual. No depende de la redacción de la declaración de absolución del sacerdote o de las habilidades, tareas, promesas o actos realizados por cualquier persona.

El perdón existe independientemente y objetivamente fuera de la iglesia temporal y visible. Se recibe a través de la fe individual en Cristo, no a través de los sacramentos corporativos o la obediencia a la iglesia o la relación que uno sostiene con cualquier lugar o persona. En otras palabras, es el mensaje del evangelio lo que ha enmarcado un momento histórico y que, seguirá siéndolo en miles de personas que oyen este mensaje a través de portavoces de aquella gracia que nos ha alcanzado, frente a la cual no nos queda más que declarar: SOLI DEO GLORIA… ¡Solo a Dios la gloria!