Al hablar en las dos partes anteriores de esta serie “Relacionándome como Cristo” sobre el ser “Moldeados a Su imagen”, vimos algo del proceso de formación, quebranto y disciplina que hace el Señor en nosotros para hacernos a la imagen de Cristo. Esa es la parte de Dios, el Divino Alfarero. Pero alguien puede preguntarse:  “¿Hay algo que yo deba hacer? ¿Hay algo que me corresponda a mí en este proceso de ser lo que Dios quiere que yo sea?”.

Y la pregunta es muy buena y necesaria. Muchos creyentes se encuentran en un extremo negligente. Ellos dicen: “Dios hará su obra en mí. Si lo hago yo será hecho en mi carne y eso es hacer obras humanas, legalismo, una salvación por obras. Más bien, descanso en Él y Él hará en mí”. Y si lo miras descuidadamente, esto parece muy espiritual y lleno de fe en la obra de Dios. Pero si lees un poco la Biblia, NO encontraras NADA de eso en la Palabra de Dios.

Por supuesto que la Biblia nos ordena descansar en el Señor, confiar en Sus fuerzas y no en las nuestras y que nuestra absoluta seguridad esté en Su gracia y no en obras de la carne que nunca nos podrán salvar. Filipenses 1:6, nos dice: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Y en el capítulo siguiente de Filipenses, leemos: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). Todo se lo debemos a la obra de gracia de Dios. No algunas cosas. Sino TODO. Eso está claro. Pero vamos a leer el contexto de este último versículo: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”. ¿A quién le está mandando Pablo a “ocuparse de su salvación”? ¿Al Espíritu Santo? NO. A nosotros.

Este pasaje es un perfecto reflejo de la gracia de Dios y la responsabilidad del hombre trabajando en conjunto, “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer”. A veces he aconsejado a cristianos que debían hacer esto o lo otro, y me he quedado totalmente sorprendido cuando me han dicho: “Pero si voy y hago eso, ¿no lo estaré haciendo en mi carne?”. ¡Ja!… Uffff…. ¡qué problema! Y ahora ¿cómo puedes saber si lo haces en tu carne o si es Dios haciéndolo en ti y a través de ti?

¡Ja!… Esa actitud no tiene nada que ver con las Escrituras. Jamás encontrarás a Pablo aconsejando: “El que roba, deje de robar, pero tengan cuidado de no abandonar el hurto con sus propias fuerzas humanas”. Por el contrario, lo que sí dice es: “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje” (Efesios 4:28). Tampoco encontraremos en la Biblia algo así como: “No quiero ir a predicar el evangelio en las calles porque tengo miedo de hacerlo en mis fuerzas”. Pero sí encontramos a Pablo diciendo: “Ay de mí si no anunciare el evangelio” (1 Corintios 9:16). De la misma manera, encontramos cientos y cientos de exhortaciones en la Palabra a vivir en santidad, orar, velar, ser sobrios, amarnos unos a otros, etc.

El equilibrio bíblico nos enseña “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer”. Dios te ha salvado, te ha dado Su Espíritu, ha puesto el querer como el hacer, entonces ve y hazlo. No hay más cuestionamientos que ese. 1 Timoteo 4:7-8, nos dice: “Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha”.

Vuelvo a decir, aquí Pablo no le está hablando al Espíritu Santo. Nos lo dice a ti y a mí. “Ejercítate para la piedad”. Aquí vemos que Pablo está haciendo responsable a Timoteo de ejercitarse para el progreso de una vida agradable delante de Dios. No debía relajarse y confiar en que el Señor le daría ese progreso, aunque era consciente de que cualquier progreso provenía de la ayuda divina. Por ello es que Pablo lo exhortaba: “Ejercítate en la piedad”. Que es otra forma de decir “ocupaos en vuestra salvación”.

A muchos creyentes hoy en día esto les suena carnal, obras humanas. Ellos dicen: “No, solo debemos orar y que el Señor lo haga en nosotros”. Llegan a un punto tal, que anulan toda exhortación bíblica, y todo esfuerzo, disciplina y preparación lo catalogan como salvación por obras. Esto es muy peligroso. Ellos creen que mientras les fluya orar, evangelizar, leer la Palabra, ayudar a algún necesitado, renunciar a todo y demás, esto es del Espíritu, pero si no les fluye, es que Dios no lo ha puesto en su corazón. Vuelvo a decirlo: ¡Esto es muy peligroso…y antibíblico! La Biblia dice: “Ejercítate en la piedad”. Y a la vez en 2 Pedro 1:3, nos dice que “todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad nos han sido dadas por su divino poder”.

Antes éramos esclavos del pecado, y solo podíamos pecar. Pero ahora, libertados del pecado, debemos “presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo” (Romanos 12:1), y “ejercitarnos para la piedad”, porque “todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad nos han sido dadas por su divino poder”. Ahora sí podemos, porque Él no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” ( 2 Timoteo 1:7). O en otras palabras: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer”. Por esto el escritor de Hebreos nos pregunta: “¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:3).

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