Todos nosotros seremos tentados en algún momento a tomar la gloria para nosotros en vez de dársela a Jesús. Esa es la naturaleza caída del ser humano, de la cual todavía estamos esperando ser completamente librados.  Nuestro corazón es realmente una fábrica de ídolos, de los cuales el primero y más prominente es el amor al Yo.

Todo creyente tiene que batallar en contra del orgullo, pero aquellos que Dios ha llamado al ministerio, pelean una batalla aún más intensa. Esto se debe a que estando en posiciones públicas en iglesias o en diferentes organizaciones, siempre nos toparemos con situaciones que alimentarán nuestro ego. La línea entre ser humilde o ser orgulloso, entre darle la gloria a Dios o tomar el crédito para nosotros, es muy fina. ¿Cómo podemos cuidarnos de caer en tal pecado?

Juan el bautista nos da la respuesta. En Juan 3:22-30 encontramos una historia que precisamente nos ayuda a entender cómo es que debemos responder cuando seamos tentados a tomar el crédito para nosotros. Los discípulos de Juan vinieron a él con una queja. Ellos estaban molestos porque muchas personas estaban yendo a Jesús para ser bautizados. Cuando presentan esta queja delante de Juan, él tuvo un reto delante de sí. Él tenía solo dos opciones, (1) podía criticar a Jesús y defender su ministerio, o (2) podía corregir a sus discípulos y apuntar a Jesús para darle a Él la gloria. La respuesta de Juan se encuentra en los versos 27 al 30, y la podemos dividir en cuatro partes.

  1. Juan reconoció la procedencia de su ministerio (Jn. 3.27) – Juan entendió que todo lo que tenía le había sido dado por Dios. Es importante que nosotros entendamos esto también. Cuando entendemos que todo lo que tenemos en Cristo, incluyendo el ministerio, nos ha sido dado por la gracia de Dios, no hay lugar para jactarnos. Ese es precisamente el pensamiento que Pablo expresa en 1 Corintios 4:7.
  2. Juan reconoció su misión (Jn. 3.28) – Juan entendía que su misión era simplemente la de abrir el camino para el Mesías. Él no pretendía tomar atención para sí mismo, sino que quería simplemente apuntar a Jesús. Nosotros también debemos entender cuál es nuestra misión, solo apuntar a Jesús. Un ministro exitoso no es aquel que logra que las personas lo sigan a él, sino que es aquel que lleva a las personas a seguir a Cristo. Dirige siempre a las personas a seguir a Cristo y no a ti mismo.
  3. Juan reconoció su posición (Jn. 3.29) – Juan usa una parábola para ilustrar cuál era su posición. Él se identifica como el “amigo del novio”. La posición del amigo es de segundo lugar. Él no era quien se casaría con la novia, su trabajo era simplemente ayudar al novio con la boda. Una vez llegaba el día de la boda y él veía al novio gozoso por recibir a la novia, él también se regocijaba. Por eso es que Juan dice: “este gozo mío se ha completado”. No hay nada que trae más gozo a un ministro del Evangelio que ver personas siguiendo y amando a Cristo.
  4. Juan reconoció su destino (Jn. 3.30) – Juan tenía claro que su destino era disminuir hasta que el único que pudiese verse fuese Jesús. Podría decir que esta es una de las mejores oraciones que todo creyente puede hacer, “que Él crezca, y que yo disminuya”. Una es la luz de las estrellas y otra es la luz del sol. Para que las estrellas puedan ser vistas, el sol tiene que esconderse, pero cuando el sol está en todo su apogeo, las estrellas desaparecen del cielo. Igualmente, cuando la luz de Cristo es encendida, todos nosotros nos desvanecemos.

Recordemos estas verdades cada vez que seamos tentados a tomar la gloria para nosotros. Las mismas nos ayudarán a vencer esta tentación. No olvidemos que el ministerio nos fue dado por gracia, que nuestra misión es apuntar a Cristo, que nuestra posición es secundaria, y que nuestro destino es desaparecer en la luz y la gloria del Cordero de Dios.


Esta es una corta reseña del sermón titulado: “Que El crezca y que yo disminuya”. 
Encargado de la edición Germán Estobar