La completa deidad y la resurrección corporal de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es infinitamente más importante que cualquier altanera y segundona suposición teológica: en ellas reposa la esperanza cristiana para esta vida y más aún para la vida por venir.
Pero ¿por qué debería uno creer que un carpintero judío de hace dos mil años ha sido y sigue siendo Dios encarnado? Quizá en parte se debe a que muchos han reemplazado al Jesús histórico y bíblico por un héroe cultural absolutamente dócil, con el fin de adecuarlo a los términos de un mundo apasionadamente ambicioso. Esta noción relativista de Cristo permite que sea colocado sobre cualquier fundamento preconcebido dentro o fuera de un marco teísta; no obstante, el problema es que un Jesús mal concebido no salva.

¿Quién fue Jesús realmente? ¿Puede la Biblia ofrecer una enseñanza clara sobre su identidad divina? ¿Realmente resucitó de entre los muertos? Lo dogmático de la identidad divina y la resurrección literal de Jesús es muy incómodo en un ámbito relativista, y las promesas humanistas de confort y rescate de los problemas existenciales nublan el entendimiento sobre la gran importancia de Su identidad. Debido a que la verdad no se moldea de acuerdo con las preferencias de cada siglo, la respuesta debe elevarse por encima de la comodidad del pensamiento posmoderno si es que uno va a confiar su eternidad en Él.

Su Deidad

Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9)

La Escritura, entendida en su contexto en la revelación progresiva, no deja dudas sobre la deidad de Jesús. Cuando la teología bíblica y el desarrollo de los acontecimientos son entendidos se erradica cualquier turbiedad sobre la verdadera identidad del Señor.

Un argumento en contra puede surgir al citar el arrianismo del siglo cuarto o a grupos como los Testigos de Jehová de los siglos XIX-XX y su flagrante desprecio por la divinidad del Logos (Juan 1:1). Los Testigos de Jehová traducen Juan 1:1 como “En [el] principio la Palabra era, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era un dios” (Traducción del Nuevo Mundo, Testigos de Jehová). Rebajar la Palabra (el Hijo) a “un dios” en vez de “Dios” es una justificación que este grupo ofrece al notar la falta del artículo definido (el/la). Ya que solo dice “Dios”, agregan el artículo indefinido “un” para referirse a Cristo como un dios de rango menor y así poder distinguirle de Jehová como el Dios. Su problema es más grande de lo que quizá se puede percibir a primera vista. Número uno, el griego lee así:

Por ende, una transliteración, sería así: En principio, ya era la Palabra y la Palabra estaba con/hacia el Dios y Dios era la Palabra.

Primero, note que la última sección coloca “Dios” antes de “la Palabra”. Esta estructura en el griego es para énfasis, así que la deidad del Logos está enfatizada aquí, resaltando Dios, no “un dios”. Segundo, si la regla hermenéutica es “un dios” menor siempre que no existe el artículo definido, entonces, ¿a quién se refieren estas y otras citaciones cuando mencionan a Dios, ya que ninguna utiliza el artículo definido para Theos?

  • “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).
  • “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:2).
  • “Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).
  • “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la aurora” (Lucas 1:78).
  • “Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lucas 2:40).
  • “Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan” (Juan 1:6).
  • “Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él… Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3:2,21).

En todas estas citas no se utiliza el artículo definido ante una forma de theos en el griego, sin embargo, hace referencia al Padre. No solo eso, si el artículo definido (el) es necesario para hacer referencia a YHVH, eso solo demuestra la deidad de Cristo: “Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.  Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! [énfasis añadido] Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:27-29). A simple vista y en español, no se da el punto con la misma fuerza que ofrece el griego:

ἀπεκρίθη  Θωμᾶς  καὶ  εἶπεν αὐτῷ, Ὁ κύριός μου καὶ ὁ θεός μου

apekrithe Thumas kay epen autu, Jo kurios mu kay jo     Theos mu

respondió Tomás  y      dijo      a  Él,  el Señor de mí y el     Dios de mí.

Aquí, Tomás dice al Jesús resucitado, “el Señor de mí y el Dios de mí”. Y como hemos de suponer, sí utilizó el artículo definido. Los Testigos de Jehová responden de dos maneras:

I. Tomás simplemente expresó, “Dios mío” para demostrar expresión de asombro. Sin embargo, según el griego, dijo, “el Dios de mí”, no “Dios mío”. También, el texto dice “Tomás dijo a Él” así que la expresión tenía a Jesús como audiencia.

II. Tomás blasfemó en ignorancia, o sea, no debió decir eso. Pero, entonces, ¿por qué Jesús confirma su declaración al responder: “Porque me has visto, Tomás, creíste”?

También se debe mencionar que no importa cuántos grupos nieguen la deidad de Cristo: si la autoridad en este tema no se encuentra exclusivamente en las Escrituras, uno cometería la falacia ad populum, o apelar a la popularidad (del argumento).

Al volver al argumento a partir del Evangelio según Juan, uno puede entender de las Escrituras que la preexistencia personal de la Palabra o Hijo de Dios es una presuposición necesaria para cualquier creencia ortodoxa en la encarnación en que la Palabra “se hizo carne.”[1] Esto se da a los lectores por pistas en el Antiguo Testamento, y luego una cimentación más concreta de las ideas en el Nuevo Testamento. Gran parte de la alusión al Mesías/Cristo en el Antiguo Testamento trata con sus obras (especialmente Su obra en la cruz), y mayormente en su segunda venida (que todavía está por llegar). No obstante, hay muchas citas para apoyar su deidad, que están especialmente entendidas de manera progresiva por mirar hacia atrás a través de la lente del Nuevo Testamento: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:1-3).

El apóstol Juan argumenta a favor del tema de su Evangelio, la Palabra (Logos), sin primero revelar su identidad al lector. La frase “En el principio” se refiere a Génesis 1:1, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. El uso del término “principio” marca el comienzo del acto creador de Dios. Es crucial tomar nota de las ideas más sutiles sobre las cuales insiste este texto. El Dios eterno existe fuera de tiempo, porque la eternidad no tiene un punto de referencia desde donde marcar momentos. Dicho esto, el reloj del tiempo comenzó a marcar en el momento que aconteció el primer acto de la creación.[2] Es de suma importancia destacar esto porque en el momento de iniciar el tiempo por un acto creador, la Palabra (Verbo) era. Esto es indicativo de la preexistencia de la Palabra a la creación, puesto que nada podía ser creado antes del comienzo (por entonces el comienzo de tiempo antedataría el “En el principio”), y por tanto la Palabra tiene que ser eterna. La Palabra no solo es eterna, sino que está en relación con Dios (“La Palabra estaba con Dios”) y también es Dios mismo (“y la Palabra era Dios”). Cualquier negación de la deidad completa de la Palabra (que se reveló como Jesús en el verso 14) introduciría el politeísmo, lo que socavaría las mismas Escrituras[3] que Jesús una y otra vez apoyaba (Mateo 5:17).

El ser Dios de ninguna manera disminuye su naturaleza humana. Jesús también fue cien por ciento hombre. El gran misterio de la piedad que Pablo nos recuerda es que “Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16), y a lo largo de la Biblia, Cristo es representado como una persona que tiene dos naturalezas, una divina y  otra humana[4]. Además, se puede comparar el uso de “ego eimi” o “Yo Soy” de Jesús con versículos en el Antiguo Testamento, aunque varias personas postulan que Jesús hace referencia a Éxodo 3:14, “Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros”. Por lo que indica el texto, parece que Jesús hace referencia a la LXX (Septuaginta, traducción del AT al griego) y cita a Isaías 43:10, entre otros versículos:

  • “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí” (RV1960).
  • “Sedme testigos, y yo testigo (dice el Señor Dios) y el niño mío a quien elegí; para que conozcáis, y creáis y entendáis que yo soy; antes de mí, no hubo otro Dios, y, después de mí, no habrá” (LXX).

Veamos la comparación del griego entre Juan e Isaías:

  • In. 43:10: hina pisteusete … hoti ego eimi
  • Jn. 13:19: hina pisteusete … hoti ego eimi

Incluso, Isaías afirma que será el mismo Dios Creador quien visitará y hablará a Su pueblo: “Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre por esta causa en aquel día; porque yo mismo que hablo, he aquí estaré presente” (Isaías 52:6). Cuando Jesús afirma “Yo Soy”, muestra su cumplimiento de las profecías de Isaías como la entrada de YHVH en el mundo.

Por el momento, hemos llegado al fin de esta primera entrega de la serie. Sin embargo, mientras espera la próxima parte, puede leer este artículo de James White para seguir estudiando estos argumentos. ¡Cristo es Dios!


[1] O’Collins, G. (2003). Incarnation. New York, New York: Continuum.
[2] La preexistencia del Logos es uniformemente enseñada en el Antiguo y el Nuevo Testamento, por ejemplo, en: Miqueas 5:1; Juan 8:58; 17:5; Hebreos 7:3; Apocalipsis 22:13.
[3] Deuteronomio 6:4; Marcos 12:29; Éxodo 22:20; 2 Reyes 17:35-38; Éxodo 20:23.
[4] Lockyer, H. (1964). All the Doctrines of the Bible. Grand Rapids, MI: Zondervan.