Empezar a desarrollar el ministerio pastoral en una iglesia local es un paso muy importante. Muchas personas comienzan llenas de ilusiones, proyectos y buenas intenciones. Sin embargo, es común que en el comienzo del ministerio, uno se enfrente a situaciones duras, inclusive peligrosas, de las cuales un seminario o instituto no prepara y que tan solo la experiencia de otros puede ayudar.

Por ese motivo, y fruto de la experiencia vivida, aquí proveemos algunos consejos a aquellos inician en el servicio pastoral:

Guarda tu corazón

Quizá no parezca algo tan importante como para darle la primera posición de nuestra lista de consejos, pero esto es algo en lo que muchos fallan. De hecho, faltar a esto en el comienzo puede ocasionar el fin de un ministerio. Los aplausos y elogios, el reconocimiento como guía, consejero o referente puede ocasionar que la humildad se vuelva soberbia. Esto te puede hace sentir que eres necesario, o peor, imprescindible en la obra que se está desarrollando. “Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida.” (Proverbios 4:23) Nunca olvides que todo lo que sucede es fruto de la obra de Dios y no de tus manos: todos somos sustituibles y prescindibles en la obra de Dios.

No cambies la misión por tu propia visión

En diferentes congregaciones he notado lo común que es escuchar frases como: “Mi visión”, “lo que Dios me dio”, “a lo que yo he sido llamado”, etc. Resultando en congregaciones que pierden el foco principal. Es cierto que cada congregación tiene una identidad o personalidad distinta, una manera de proceder o imagen diferente, pero nuestra misión es conjunta. Como Iglesia de Cristo tenemos una misión: vivir para la gloria de Dios en medio de un mundo oscuro, llevar a Cristo a las naciones y manifestar Su luz a los perdidos.

No olvides la gran comisión

La mayoría de los pastores en la actualidad son hombres apasionados por la obra de Dios, el rescate de las almas perdidas y la predicación genuina del Evangelio. Sin embargo, es fácil perder la pasión que te llevó a el ministerio y empezar a centrarte en los creyentes: enseñanza, consejería, visitas, juntas de trabajo, etc., olvidando que la Gran Comisión sigue siendo parte de la vida de todo cristiano, incluyendo al pastor. “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Marcos 16:15) Dale el tiempo necesario a la congregación. Recuerda lo que dijo Charles H. Spurgeon: “todo cristiano es un misionero o un impostor”. Ve, enseña, ora y aconseja a la Iglesia, pero cuando salgas de nuevo a la calle sigue predicando.

Eres un siervo, no un jefe

Muchas veces, antes del pastoreado, solíamos ser personas altamente serviciales, que colaboraban desde la oración hasta la limpieza, pero que cuando tomamos el cargo pastoral olvidamos el servicio y empezamos a delegar todas esas tareas. Recordemos siempre que Cristo no vino para ser servido sino para servir. Pablo el apóstol sirvió y todos somos llamados a hacerlo. “Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor.” (Mateo 23:11). La mejor manera de enseñar a otros a servir no es mandando, sino con el ejemplo. Nunca pierdas el corazón de siervo. Recuerda que somos esclavos de un Señor, Cristo es nuestro Señor, y a él debemos servir.

Todo es de Cristo

La expresión “la iglesia del pastor…” puede confundir a muchas personas dando a entender que la iglesia es propiedad del ministro cuando en realidad es pertenencia de Cristo (Romanos 11:36). Jesús debe ser el centro de todo: sea sermón, actividad o proyecto. La Iglesia, cada congregación y cada oveja son de Cristo. Considerar que algo de esto es tuyo tiene dos inconvenientes. El primero es creer que los frutos vienen, exclusivamente, de tu trabajo y desempeño. El segundo es frustrarte cuando las cosas no salen como lo pensabas como si fuese culpa tuya. Descansa, cumple tu cometido, haz tu labor con desempeño y amor, porque la obra es de Cristo y dará frutos debidos a su tiempo.

Esperamos que estos consejos te ayuden en ese gran paso que vas a dar o que llevas poco tiempo recorriendo. Sigue sirviendo con desempeño, amor y cuidado en esta hermosa labora que Dios te ha encomendado.